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Un significativo caso de carnaval local (Barakaldo 1802-1936) (V)

Un significativo caso de carnaval local (Barakaldo 1802-1936) (V)

CONTROL DEL CARNAVAL: LOS BANDOS DE ALCALDÍA

La sátira, las burlas y el desorden transitorio vehiculados por el Carnaval siempre han desagradado al poder. A las instituciones que lo representan no les agrada perder el control de la ciudad ni en broma, ni tan siquiera por dos o tres días. Por lo tanto, tenderán a restringir la espontaneidad de la fiesta y, bajo pretexto de alejarla del desorden y de posibles violencias, el poder censura y encauza aquellas expresiones de creatividad, imaginación y crítica que pongan en tela de juicio los valores, normas y creencias o, simplemente, los criterios lúdicos y estéticos de las clases hegemónicas.

6.1. Los Bandos de Alcaldía

Las Carnestolendas se verán sometidas a ordenanzas, decretos y bandos restrictivos que emanan de diferentes autoridades civiles.

La autoridad gubernativa impone serias limitaciones al Carnaval popular y callejero, contribuyendo a confirmarlas los bandos de las alcaldías. En esta atmósfera de coerción creciente, este tipo de Carnaval tiende a ser erradicado. Incluso la oposición de izquierdas solicita, mediante sendas mociones -1897 y 1917- del líder socialista y concejal de Bilbao, Facundo Perezagua, la supresión del Carnaval.

La institución que vela por el control ciudadano a nivel local es el Ayuntamiento. Este organismo, que regula la vida cotidiana de la ciudad en cuanto tiene de rutinario, también juega un papel esencial durante los periodos festivos. Los regidores municipales, mediante bandos fijados en puntos estratégicos de la trama urbana, dictan la normativa que deben acatar los ciudadanos participantes en el Carnaval, reglamentando la espontaneidad de la fiesta, sometida a una fuerte restricción legal. Normas reforzadas en ocasiones aplicando órdenes de autoridades de mayor rango, mediante la vigilancia policial y la imposición de sanciones económicas para quienes las quebranten. Los bandos municipales “normalizan” y limitan el libre albedrío carnavalesco, impidiendo el contrapoder y la crítica en calles y plazas, espacios públicos convertidos en territorios de la represión y la sumisión a la moral dictada por las élites dominantes. Que alcanzan, asimismo, a espacios semipúblicos e incluso privados.

Limitando la elección de los disfraces, prohibiendo los alusivos a diversas autoridades. Restringiendo el tiempo y los espacios permitidos o no a las máscaras, atentando de esta forma contra los elementos definitorios del Carnaval. Prohibiendo arrojar artificios pirotécnicos, confetis o serpentinas, así como determinados juegos considerados antihigiénicos y portar armas. Censurando las canciones de las comparsas y limitando la actuación de éstas.

Progresivamente constriñen el tiempo festivo a los dos días tradicionales y, más adelante a los domingos de Carnaval y de Piñata, dejando al margen de la legalidad a festejos como el popular Entierro de la Sardina.

Estas medidas persiguen, en suma, la imposición del poder, restringiendo las máscaras y censurando las canciones, en un proceso que se inicia durante el periodo intersecular, con periodos de prohibiciones como el de la dictadura, que conduce definitivamente durante el intervalo republicano a un Carnaval popular ya domesticado y escasamente participativo, reducido a su expresión controlada de los bailes en recintos cerrados. Medidas incluso justificadas por los sectores populares, por el clima de inseguridad y de crispación política que se vive. Barakaldo reproduce linealmente, a nivel local, este proceso.

Uno de los primeros bandos conservados 70 es el de alcalde José de Vildósola y Arriaga, dictado el 10 de febrero de 1915. El contexto bélico internacional sirve como pretexto para eliminar: “[…] cualquier imprudente mascarada en que aparezcan representadas las naciones actualmente en guerra é (sic) impedir al propio tiempo posibles alteraciones de orden publico (sic) motivadas por iguales causas, queda prohibida la circulación de Comparsas, disfraces y toda otra exhibición en los próximos Carnavales, en que se aluda a los Estados beligerantes”.

Pero las restricciones de los disfraces van más allá, puesto que: “Se prohíbe igualmente á las máscaras y Comparsas el uso de vestidos de religiosos, militares y funcionarios públicos, asi (sic) como el llevar armas aun cuando lo requiera el traje, ensuciar ó causar disgustos al público con su comportamiento, y ridiculizar á Instituciones de carác- ter (sic) nacional”.

Otras prohibiciones de este bando afectan a la costumbre de lanzar confeti, serpentinas y líquidos varios en los cafés y otros establecimientos públicos, así como recoger los residuos arrojados en las calles y paseos, “para evitar que sean usados nuevamente con perjuicio de la higiene”. También se prohíbe, “por contrariar á la más rudimentaria higiene el juego conocido por el nombre de al higuí”. No se permitía entrar con careta en establecimientos públicos, ni tampoco la de tunas y comparsas, ni siquiera circular de tal modo después de anochecer. El bando de referencia recuerda que: Las comparsas necesitan obtener permiso de la Alcaldía, quedándoles prohibido cantar canciones ofensivas á la moral, buenas costumbres y respetos internacionales. Tampoco podrán postular ni vender copias en la vía pública, ni en los cafés ni en otros establecimientos á menos que el producto de la recaudación se destine a fines benéficos. A estas comparsas se hace extensivo cuanto en las anteriores disposiciones se preceptúa y quedan terminantemente prohibidas las comparsas formadas por ciegos ó impedidos”.

Por último, se recuerda que los contraventores serán castigados con multa de una a veinticinco pesetas, y que todos los agentes municipales velarán por el efectivo cumplimiento de las disposiciones dictadas.

Los bandos de años subsiguientes reproducen linealmente este esquema, con ligeras variantes. El del alcalde Juan de Garay y Garay, fechado el 28 de febrero de 1919, es análogo al precedente salvo en la eliminada alusión a la Gran Guerra (1ª Guerra Mundial). Pero el bando del alcalde Rodolfo de Lóizaga y Haza, de 20 de febrero de 1922, introduce una significativa disposición adicional, tendente a erradicar el Carnaval popular de los espacios públicos: “Queda terminantemente prohibido el uso de disfraces y caretas en la vía pública y en toda clase de establecimientos también públicos, y sólo se permitirán los primeros, o sean (sic) los disfraces, en locales cerrados, con consentimiento previo de esta Alcaldía”.

La prohibición de lanzar confetis y serpentinas se hace extensiva, asimismo, a las calles. Este mismo Alcalde promulga análogo bando un año después, el 8 de febrero de 1923. Su sucesor, Gregorio de Arana y Olaso, hace lo propio, el 12 de febrero de 1925, ya en plena dictadura primorriverista que no parece incrementar el rigor ordenancista de nuestros munícipes. El 13 de febrero de 1928 el entonces alcalde, Víctor de Viguri y Ortiz de Zárate, dicta un bando análogo a los dos anteriores. En años posteriores fue restringiéndose aún más la circulación de máscaras y disfraces por la calle.

Paradójicamente, el final de la dictadura parece endurecer el discurso del poder que, no contento con las anteriores disposiciones, impone una restricción adicional, encaminada a limitar el entorno temporal de las carnestolendas. El alcalde interino de la Anteiglesia, Evaristo Fernández Palacios, incluye en su bando de 1º de marzo de 1930 esta nueva disposición: “La celebración de los festejos propios de Carnaval quedará circunscrito este año a los domingos, días 2 y 9 del actual, según expone la disposición del Gobierno”. Los ayuntamientos republicanos no se decidieron a abolir este cúmulo de restricciones.

Esta larga lista de censuras, prohibiciones y limitaciones tiende progresivamente a controlar y erradicar el genuino espíritu libertario del Carnaval barakaldarra. Estudiantinas, bailes de salón y confetis, aportaciones “cultas” introducidas durante el periodo intersecular denotan la progresiva influencia de la “civilidad” y la distinción burguesa en los hábitos culturales de las clases subordinadas y, a la vez, el progresivo desplazamiento de las formas de expresión festivas del proletariado urbano. Aunque es lógico suponer que su plena efectividad se limitó al ámbito urbano del municipio. En cualquier caso, el marco temporal de este proceso, y su culminación durante la dictadura, sobrepasa nuestro periodo de referencia -el de entre siglos-, quizás el de mayor esplendor de nuestro Carnaval local.

6.2. La actitud de la Iglesia

El Carnaval ha sido secularmente molesto para el poder, y para cualquier institución que lo encarne. Reprobado por la Iglesia, por considerar a esta celebración como pagana, licenciosa, irreverente y anticlerical. La Iglesia ha tenido históricamente interés en suprimir el Carnaval o, por lo menos limitar los aspectos más radicales de sus prácticas festivas. Tratando de combatirlo mediante cartas Pastorales leídas desde todos los púlpitos de la diócesis y reproducidas en la prensa conservadora. Así como organizando Triduos de desagravio en los templos locales. Son estos un conjunto de funciones religiosas, con base en la exposición del Señor Sacramentado y sermones, convocando a los fieles durante los tres días para que huyesen de la “inmoralidad” carnavalesca, al tiempo que se desagraviaba la figura del Redentor, supuestamente ultrajado por las “orgías” carnavalescas.

El Colegio Salesiano de Barakaldo organizó estos Triduos de desagravio por los. Carnavales, de domingo a martes, durante la primera década del siglo XX. Junto a tales actos de desagravio también se realizaban veladas artísticas en asociaciones religiosas. A la par, se organizaban juegos para mantener ocupados a los escolares salesianos: “No eran días de clase; por eso, el patio bullía con juegos extraordinarios, rompimiento de ollas repletas de golosinas con los ojos vendados, carreras de sacos o con velas encendidas, abundantes funciones de teatro y un largo etc.”.

El director del Colegio Salesiano organiza, el Domingo de Piñata de 1933, una velada teatral en el salón de actos de la Asociación de Antiguos Alumnos que, aunque de comienzo a las 5,30 h. de la tarde, reviste análogo significado que las precedentes.

6.3. La prensa y el Carnaval

En Barakaldo no existió, salvo efímera y discontinuamente, prensa local, salvo los órganos vinculados a diferentes fuerzas del espectro ideológico local, a iniciativas eclesiales o de varias asociaciones. Pero en la anteiglesia se leían los diarios de la capital provincial -que dedicaban una sección a las poblaciones de la Ría, “De Bilbao al Abra”-: El Noticiero Bilbaíno, El Liberal, La Gaceta del Norte y otros. De diferente signo ideológico. Los dos primeros de matiz liberal y conservador el tercero. Con el común denominador de sus referencias al Carnaval, siempre desde sus respectivos posicionamientos.

El discurso periodístico dominante corresponde a los defensores del orden social conservador, contrario al Carnaval, contra el que lanzaban, a través de sus órganos, fuertes diatribas para protestar por los supuestos excesos del Carnaval, exigiendo incluso su prohibición. Una muestra es la que figura en un artículo del periódico -de signo católico, conservador y monárquico- La Gaceta del Norte de 1917: “Aunque la loca Humanidad sigue celebrando estas irrisorias fiestas del Carnaval, en las que además de desarrollarse el mal gusto, traen consigo, envueltas en la máscara del disfraz, el virus de la inmoralidad y del impudor. ¡Cuánta juventud llorará estas fatídicas fiestas! ¡Cuántas almas perdidas en el cenagoso mar del desenfreno en unos instantes de loco albedrío en que la razón parece que dejó de regir!”. Otra publicación católica, esta mensual y de

Barakaldo, Espigas afirma: “La máscara callejera suele ser la innoble caricatura de la especie humana […] Los padres de familia que permiten a sus hijos ir a los bailes de máscaras, si no son unos malvados, son unos solemnísimos majaderos”.

Frente a esta posición detractora se hallaba la de tipo liberal o progresista, que preconizaba, tímidamente, la vigencia de la fiesta en una sociedad modernizada. Si bien defendiendo la adaptación del Carnaval popular a un nuevo estilo; y su homologación a los buenos modales y a la moderación propia de la burguesía racionalista.

José Ignacio Homobono Martínez

 

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Actualizado el 1 de febrero de 2026

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