Un significativo caso de carnaval local (Barakaldo 1802-1936) (IV)
5.4. Los bailes de máscaras
Otro elemento fundamental del Carnaval fue el del baile, público o privado. Modalidad festiva que incrementó su importancia a medida que decaían las expresiones más espontáneas. Como sucedió con la bilbaína plaza de La Casilla: “A medida que mucha de la representación pública burlesca y popular propia de esta fiesta iba decayendo en una atmósfera de coerción creciente, salvo murgas para serenatas, algunas comparsas y estudiantinas, las chanzas mutaron en socialización bailada. Este ejercicio se tornó cada vez más animado y participativo en La Casilla, convirtiéndose su plaza en la palestra por antonomasia de los desposeídos de la fortuna para acudir disfrazados”.
Los bailes al agarrao, con ritmos que proporcionan, progresivamente, un mayor contacto físico entre cada pareja posibilitan el contacto corporal y excitan la imaginación erótica, y en mayor medida los de carnaval por la desinhibición propiciada por el anonimato de la máscara.
Por otra parte, en el espacio de la Plaza de Abajo: “[…] los bailes eran más íntimos, más cálidos, más excitantes, más carnales que los del verano en Los Fueros; oscuridad, olor de castañas asadas, aglomeración, jazz band o música de discos y altavoces, un no sé qué invitante e impelente que empujaba a los danzantes a un abrazo más estrecho y cálido”.
Los bailes de Carnaval reflejan la diferente idiosincrasia de los/las participantes en estas fiestas. En cada ciudad o núcleo de población de alguna importancia hubo bailes de máscaras de dos tipos, que reflejan al propio tiempo de vivencias festivas. En primer lugar, un baile de carácter popular y abierto, celebración pública de la localidad o en algún recinto cerrado, pero de titularidad pública. Los participantes acudían disfrazados y provistos de máscara, de la que no se desprendían hasta su finalización con el toque de oraciones al oscurecer. Estos bailes públicos eran gratuitos, acudiendo a los mismos, gentes de las clases populares: obreros industriales, mineros, aldeanos/as y chicas de servicio.
Pero además era habitual la organización de bailes privados en espacios cerrados y privados, como salones, cafés o locales de sociedades recreativas y políticas. Locales adecuados al efecto y armonizados por músicos contratados por los organizadores. Bailes festivos que proliferaron durante el periodo de entre siglos, momento en el que el desarrollo de una infraestructura urbana de servicios de esparcimiento se conjuga con el proceso de control sobre la fiesta. Con su progresivo confinamiento al ámbito privado de casinos, cafés y asociaciones va desapareciendo el sentido comunitario y crítico del territorio festivo propio del Carnaval: la calle, espacio público de una efímera y desordenada apropiación popular. La calle es el espacio natural del Carnaval, lugar de la espontaneidad frente a los estandardizados bailes de salón.
El espacio privado se convierte en el marco adecuado para la reproducción de las pautas de comportamiento de las élites acomodadas e ilustradas, entre gentes de similar condición social y aisladas de la plebe. Puertas adentro de estos salones prevalecen formas de comportamiento elegantes y civilizadas. Pero no todos los bailes cerrados eran de este tipo, ya que las clases populares también irán adoptando el ámbito privado. En estos recintos, a los que se acudía disfrazados/as, los músicos interpretaban repertorios similares a los de la plaza pública: polkas, mazurcas, valses y pasodobles; organizándose también diversos juegos y rifas. Además del precio de la entrada o la consumición de productos en el local, la asistencia a estos bailes hacía precisa la adquisición o alquiler de disfraces.
Los bailes de salón introdujeron, paradójicamente, un contrapunto transgresor al hacerse extensivos al Domingo de Piñata, ya iniciada la Cuaresma y objeto, por tanto, de la animadversión eclesiástica. Bailes que despedían al Carnaval de entre siglos; con lote-
rías y ruptura de piñatas rellenas de dulces.
5.4.1. Bailes públicos
Barakaldo celebró sus bailes públicos el Domingo y Martes de Carnaval, en la Plaza de Vilallonga o “Plaza de Abajo”, núcleo seminal de la capitalidad de El Desierto y escenario habitual de los bailes dominicales, a los que acudían gentes procedentes de casi todos los barrios de la Anteiglesia. La plaza hervía de mascaritas procedentes del propio Barakaldo, pero también de municipios y/o barrios vecinos: Portugalete, Sestao, Erandio, Zorrotza (Bilbao) y Las Arenas (Getxo). El ambiente era -hacia 1910-13- abigarrado y variopinto:
“El martes toma el baile grandes proporciones. La plaza de Vilallonga se hincha de público tirando confetis y serpentinas. Un tipo se disfraza con periódicos, celebrándose su genialidad de exhibir una guindilla en la entrepierna. Asimismo, está la rondalla de pescadores bermeanos. Cantan una copla acusando al mar, que les arrebata la vida por un cesto de besugo”.
Los bailes comenzaban después del Rosario, hacia las 3,30 o 4 h. de la tarde, prolongándose hasta el toque de oración del anochecer. Entre la abigarrada muchedumbre predominaban los/las disfrazados/as, aunque también concurría gente sin disfraz ninguno.
Algunos/as se quitaban la careta durante el transcurso de la fiesta, a partir de las 6 h., pero esta práctica era obligada al término del baile.
En este baile público se turnaban la Banda Municipal y un tamborilero (txistulari); es decir los músicos oficiales del municipio. En una esquina de la plaza también había un pianillo de manubrio, guitarra, bandurria y acordeón, cuyos intérpretes cobraban única-
mente a los chicos y hombres participantes. Unos y otros interpretaban pasodobles, valses, schottis, mazurcas, o habaneras y jotas.
A partir de 1915 se introducen nuevos ritmos: el tango y el fox-trot y, a mediados de los años veinte, el charlestón y los boleros. También, a finales de esta década: la rumba, la samba o la conga, con la paralela introducción de conjuntos instrumentales como el jazz band.
Todos estos ritmos se interpretan tanto en el baile dominical como en los de Carnaval.
También en Retuerto, y como todos los domingos, se celebró baile público de Carnaval. En esta ocasión, un acordeón acompañaba a la habitual panderetera. El baile se prolongaba hasta el toque de oración, momento en el que las mascaritas participantes se quitaban la careta. El Regato/Errekatxo, como barrio más alejado del núcleo urbano -en la cuenca del Castaños- celebró sus propios bailes de máscaras en su plaza, al compás de guitarras, tocando por el barrio. Y su vecindario no se desplazaba a los de El Desierto. El toque de oración ponía término al baile, despojándose entonces de sus máscaras los participantes. Las chicas se retiraban a sus casas poco después, pero los mozos permanecían en la plaza y en las tabernas hasta una hora más avanzada.
En cuanto a la zona barakaldarra del valle del Kadagua, el vecindario de Santa Águeda acudía indistintamente al baile público de El Desierto o al bilbaíno de La Casilla. Los de Alonsotegi, donde no se organizaban bailes de Carnaval, acudieron al de La Casilla hasta 1930 o al de los jardines Campos Elíseos, de Basurto, a partir de 1931. Celebrándose en ambos un concurso de disfraces. En el de La Casilla alternaban la banda de música Santa Cecilia y el txistulari; y, en corro aparte, había pandereta y acordeón. En el baile semicerrado de Los Campos tocaban la Banda de Música del Regimiento de Garellano, acordeonistas, panderetera y organillo.
5.4.2. Bailes de salón
La organización de bailes de máscaras fue habitual en el Barakaldo intersecular. Entre 1894 y 1905 tengo constancia de la solicitud al Ayuntamiento de 20 permisos para su realización. El periodo más álgido fue el bienio 1903-1904, con cuatro bailes por cada uno de estos años, coincidente el primero de ellos con el de la más intensiva formación de comparsas. No se formularon solicitudes en 1895 ni tampoco en 1898.
Casi todos estos bailes tuvieron lugar en locales semipúblicos y en la capitalidad de El Desierto. Como los organizados por Andrés Perea en 1903 y Gregorio Gonzáles Ochoa en 1904, que manifiestan su propósito de celebrar bailes de máscaras en el Teatro Escuela de Baracaldo.
El café, foco de sociabilidad popular masculina, algo más distinguido que la taberna, será
utilizado recurrentemente para celebrar bailes de máscaras, correspondiendo a este tipo de local 13 de las 19 solicitudes para el periodo de referencia. Ya en 1894 solicita permiso al efecto el portugalujo Dionisio Tejada, como director de la orquesta Santa Cecilia, utilizando al efecto el café de Fano. José Crespo, director de la banda de música local La Lira, pide autorización para dar funciones de baile durante el Carnaval de 1896 en los cafés de Patricio Zabala y Ramón Menéndez y, al año siguiente, en el primero de éstos. El propio Zabala solicita autorización para dar bailes en su café en 1898 y en 1905. Ramón Mingo Toma el relevo en 1901, sin especificar local y, de nuevo en 1902, especificando esta vez que los bailes tendrán lugar en el Café Universal de La Plaza. Compite con este emprendedor hostelero, en 1903, Francisco Gutiérrez y González, en su Café de las Delicias, de la calle del Carmen. Un año más tarde se celebran otros bailes de máscaras en el café de Tomás Fano, en la calle Portu, y en el de Clemente Uriarte, en la calle San Juan.
Son aún muy escasas las solicitudes formuladas a partir del ámbito asociativo, como corresponde al embrionario desarrollo de éste en una población urbana de reciente creación, donde aún no han cristalizado las relaciones sociales formalizadas entre sus nuevos moradores. Tan sólo la Sociedad Recreativa “La Guirnalda”, presuntamente de jóvenes pudientes, que a través de su presidente Ángel Pereda se propone dar bailes de máscaras en sus salones durante los Carnavales de 1899 y 1900. Al año siguiente, un tal Luciano Bertol expone su deseo de realizar bailes de máscaras “en el local que ocupaba la disuelta sociedad La Guirnalda”.
Algunos de estos bailes los ameniza la propia orquesta organizadora. Otros lo son por “una banda de vandurrias (sic) y guitarras”, o “con buena orquesta” como el del teatro en 1903, aunque este dato no conste en la mayor parte de las solicitudes.
Curiosamente, la autorización a la sociedad La Guirnalda para 1899 queda condicionada a que la música no sea de instrumentos de viento.
Aunque no resultaba inusual efectuar estos bailes los tres días de Carnaval (Domingo, Lunes y Martes) y solicitarlo para el Domingo de Piñata, lo más habitual era prescindir del Lunes. En cuanto al epílogo festivo dominical, el Ayuntamiento lo prohíbe terminante y explícitamente entre 1897 y 1904, autorizando bailes de Piñata únicamente en 1896 y 1898, seguramente por constituir una intrusión festiva en el periodo cuaresmal, desautorizándolo de nuevo en 1903 y 1904. En todo caso, el Lunes se trata de una celebración de tono menor, destinándose la recaudación en ocasiones -como en 1896- por La Lira “á limosna de los pobres de solemnidad de la Anteiglesia”; el importe de lo recaudado en esta ocasión fue muy modesto, ascendiendo a 12,75 pesetas, más otras 12,25 aportadas por la banda para limosna. También el baile del Domingo de Piñata debió de ser de tono menor, puesto que Ramón Mingo solicita el permiso oportuno en 1903 a petición de varios jóvenes y en calidad de “baile de invitación”.
Estos bailes vespertinos tenían lugar durante la noche de víspera de los días apuntados. Cuando se especifica, en la solicitud correspondiente, se efectuaban para las horas correspondientes entre las 8 y las 12 h. de la noche; sin embargo, entre 1900 y 1903, el
Ayuntamiento impone su finalización a las 11 h., intervalo temporal más restrictivo.
Si la topografía del baile impregna toda la trama urbana barakaldarra, en cambio la densidad de esta práctica lúdica es muy inferior en los barrios periféricos. Tan sólo se formulan tres solicitudes a partir de este ámbito, en el intervalo temporal de referencia.
La de Ángel Martínez, para “dar bailes en uno de los locales de las Escuelas” de Retuerto, no autorizada por la Corporación; la de Manuel Sierra en 1903, desde Alonsotegi, sin especificar el local; y la de Tomás Maruchi para tres bailes en su salón –café, de Lutxana.
Los bailes de Carnaval del periodo siguiente, entre los años 1906 y 1910, son expresión de una sociabilidad más formalizada, que se estructura progresivamente en torno al fenómeno asociativo. Más de la mitad de estos bailes, 12 sobre 22, fueron organizados por diversas asociaciones locales, especialmente las regionales y políticas; por lo que, a su vez, resultan indéxicas de unas identidades segmentarias en función del origen y de la adscripción política que parcelan una sociedad local aun escasamente integrada. La media del periodo es de 4,4 bailes por Carnaval y año, rebasada por años alternos -1906, 1908 y 1910- por lo que resulta imposible apuntar tendencias cuantitativas, más allá de la mera coyuntura puntual.
Aún subsistía la sociabilidad festiva nucleada en torno al café. Fue en un local de este ámbito el Café Las Delicias, donde su dueño Francisco Gutiérrez, celebró también bailes de Carnaval; y en esta misma calle del Carmen, nº 4 hizo lo propio Justo Uriona, en el café que allí poseía. En 1909 fue en el café de Zabala, donde Ángel Ramos organizó sus bailes durante los Carnavales; y la Colonia Burgalesa utiliza al efecto los del café Iris, sito en la calle San Juan, A-1º al año siguiente. Pero los promotores privados tienden a usar otro tipo de locales semipúblicos. El más atípico es el propuesto por Ramón Mingo Cámara en 1906, puesto que se trata del salón existente sobre el piso del edificio del Mercado de la Plaza de Vilallonga, de titularidad municipal, por lo que encontró serios impedimentos. Tomás Perea y Begoña promueve los de los años 1906 y 1907, en el frontón53 de su propiedad, sito en la calle San Juan. Al año siguiente es Antonio Urcullu, a la sazón encargado de este frontón, quien recaba permiso municipal para festejar los Carnavales “con bailes públicos de disfraz”. Donato Uriarte efectuó bailes durante el Carnaval de 1910 en la tienda de la calle Réqueta, nº 3. En esta misma calle, nº 1-1º, el vecino de Sestao Joaquín Magunacelaya, obtiene licencia municipal para dar funciones de baile de máscaras en el pomposamente denominado Gran Salón Réqueta. Permiso que también se concede este mismo año a un tercer particular, Sebastián de Begoña, quien no especifica el local a utilizar.
Pero la primacía ya corresponde al emergente movimiento asociativo, mayoritariamente de origen regional. Organizan bailes durante los Carnavales de 1906 el Círculo de Luchana, el Centro Gallego –fundado en 1901- y el Círculo Republicano de Alonsótegui (1905). Estas dos últimas entidades repiten la actividad de referencia todos los años del periodo, salvo el de 1909. En 1910, a estas dos asociaciones más la también citada Gloria Burgalesa, hay que sumar los bailes de Carnaval del Círculo Republicano (1901), de la calle Ibarra, nº 12; de la de Sociedad Coral “Orfeón Baracaldés”, en la calle Pormécheta; y de la Colonia Aragonesa (1906), sita en Murrieta, nº 5. Casi todas ellas en su propia sede social.
Más de la mitad de las solicitudes para bailes se formulan para el Domingo y Martes de Carnaval, más el Domingo de Piñata; e incluso dos de ellas tan solo para esta última jornada, signo evidente de una mayor permisividad por parte de la institución municipal, al permitir esta irrupción festiva en la Cuaresma. El resto tan sólo dos o tres de los días del Carnaval en sentido estricto. El horario prototípico de estos bailes nocturnos es el de 8 a 12 h. de la noche, puesto que el Ayuntamiento no concede autorizaciones más allá de estas horas.
Las sesiones de baile organizadas por el ámbito asociativo son de carácter restringido, para socios y sus familiares, mediante invitación. El Centro Gallego añade otro toque de moderación al especificar, en su solicitud de 1906, “que no se admitirán disfraces ni caretas”. Aunque en otros casos se especifica su cualidad de “bailes de máscaras”. Cuando los bailes son públicos, como los del Círculo Republicano para 1910, la entidad organizadora solicita que acuda, en caso necesario, la fuerza pública para garantizar el orden.
En cuanto a la animación musical de los bailes de Carnaval, tan sólo un programa de mano adjuntado a la correspondiente solicitud del Gran Salón Réqueta en 1910, especifica: una “elegante y artística Rondalla” con la que se alterna “un gran manubrio llamado Bheriot”, ambos complementados con “un completo servicio de Ambigú”.
El inicio de la nueva década no supone cambios sustantivos para los bailes de Carnaval, a partir del ya avanzado proceso de transición hacia el ámbito asociativo, pero sí se producen algunas innovaciones dignas de reseñar. Su número es inferior, cuatro por año para 1911 y 1912, y ya casi restringido al universo asociativo local.
El Centro Gallego de Vizcaya es la asociación más asidua en relación con la actividad de referencia, puesto que organiza bailes cada año, mientras que la Colonia Burgalesa (1905) tan sólo lo hace en 1911 y el Centro Asturiano de Baracaldo (1904) en 1912. Asociaciones políticas, como el Círculo Republicano Radical en 1911 y el Círculo Democrático de Retuerto al año siguiente, también celebran bailes de Carnestolendas. En 1912 hay que añadir el Club Torquito, de inequívoco referente taurino. Tan solo concurre un particular, el comerciante Miguel Aguirre quien, en 1911 organiza bailes de máscaras en la casa de su propiedad, sita en Carmen, nº 2. El centro burgalés lo hace en el Café Iris; en un local social el Círculo y el Club Torquito, mientras que el resto de las asociaciones no disponen de referente locativo alguno.
La referencia nuclear experimenta una franca recesión, puesto que tan sólo en dos solicitudes se alude a “bailes de máscaras” y, en otras dos más, a “bailes los días de Carnaval y domingo de Piñata”; en las restantes se alude tan solo a bailes a celebrar en las fechas precitadas, y en la del Club Torquito a “bailes familiares”. Su marco temporal es más restringido, correspondiendo 8 bailes al Domingo, 2 al Lunes, 7 al Martes de Carnaval, 5 al Domingo de Piñata y uno a su víspera. El intervalo horario permanece constante, celebrándose todos ellos entre las 8,30 h. y las 11,30 o 12 h. de la noche. A esto contribuye la prohibición de la autoridad gubernativa que, en 1912, únicamente autoriza celebrar los Carnavales en locales cerrados y, particularmente, los del Domingo
de Piñata. Durante estos años el nuevo gobernador de Vizcaya, Queipo de Llano, solamente autoriza la celebración en círculos políticos y asociaciones recreativas y culturales.
Exactamente lo mismo sucedió durante los años subsiguientes. Corresponde al Centro Gallego de Vizcaya la única iniciativa para celebrar bailes, “hasta la una o dos de la mañana”, los tres días del Carnaval de 1914, más el Domingo de Piñata, especificando que no se consentirán máscaras. Simón Allende obtiene autorización municipal para celebrar un baile de máscaras la noche del Martes de Carnaval de 1916, en el local del cine Petit-Palais, con la advertencia de que debe finalizar a la una de la madrugada, observando las prescripciones que sobre el particular contienen los ban- dos de buen gobierno y el específico de la Alcaldía.
La única petición formulada en 1917 corresponde al Círculo Republicano que, “como de costumbre” desea celebrar bailes de salón en su local, los tres días de Carnaval y el Domingo de Piñata, “advirtiendo que no serán admitidos en el salón donde tendrán lugar disfraces ni caretas de ninguna clase”. Una sociedad que omite su nombre acuerda, en 1918, celebrar bailes de Carnaval en su salón de la calle del Carmen, nº4-1º, los días 10, 12 y 17 de febrero, hasta las 2 h. de la noche, con prohibición de disfraces y caretas y rogando que los agentes municipales estén situados en las proximidades, “por si tuviéramos necesidad de ser auxiliados”. Ese mismo año, el Partido Republicano Radical obtiene autorización para realizar bailes en sus locales los días 10 y 12, con la cautelar prohibición del uso de disfraces, aunque el Ayuntamiento rechaza su petición de hacer extensiva esta práctica a los “domingos de Cuaresma hasta Pascua inclusive”. Ambas asociaciones hacen notar cómo estos bailes se han venido celebrando en años precedentes.
Nuevamente es el Centro Gallego cuya Junta Directiva acuerda celebrar baile de Carnaval en 1921, aunque en esta ocasión tan sólo el Domingo, “para esparcimiento y recreo de los socios y sus familias exclusivamente”. Baile que es autorizado con arreglo a las prescripciones del Bando de Alcaldía, y tan solo hasta las 12 h. de la noche.
Ese mismo año, la sociedad deportiva Fútbol Club Baracaldo celebra un baile en sus locales, “en honor de nuestro equipo que será para los socios y sus familias”, aunque no se cite el Carnaval como motivo su fecha de realización -13 de marzo- hace presumir que se celebra el Domingo de Piñata. Estos bailes de ámbito intrasocietario y familiar, son organizados por el Centro Gallego durante el Domingo y el Martes de los Carnavales correspondientes a los años 1922 y 1923, sin otras trabas municipales que el cobro de correspondiente impuesto de 25 pts. por Carnaval. El primero de estos años es secundado por el Casino Republicano, que celebra bailes de salón en su local ambos días más el Domingo de Piñata, aunque la solicitud ni tan siquiera hace referencia al Carnaval. Bailes que principian a las 8 h. de la noche y por cuya autorización la entidad organizadora debe abonar 75 pts. en concepto de impuesto municipal.
Los años de la Dictadura implicarán un definitivo repliegue del Carnaval urbano barakaldarra hacia el interior de los recintos asociativos, porque el Gobierno lo retiró de la calle. Son tres los colectivos societarios que celebran bailes de Carnaval durante los años 1924 a 1926; de diversa tipología, pero todos ellos tienen en común su carácter intimista e intrasocietario, únicamente para los socios y sus familias. El Partido Republicano Radical reclama incluso, en 1925, la asistencia de un agente de la autoridad a su casino, “con el fin de garantizar el orden”. Este año y el precedente celebran los de Carnaval como parte de una sucesión de bailes de salón, todos los días festivos desde el 6 o 10 de febrero hasta el Domingo de Piñata.
Al año siguiente este partido se limita a hacerlo los días 14, 16 y 21 de febrero –domingo y martes de Carnaval, más domingo de Piñata-a partir de las 8 h. de la noche. El Centro Gallego de Vizcaya organiza bailes familiares el Domingo y Martes de Carnaval de 1924 y 1925, en su salón; y tan sólo el Domingo en 1926, de 8 a 12 h. de la noche. La tercera de las asociaciones de referencia es la Peña Taurina, con sede en la calle Horacio Echevarrieta, nº 23, que da bailes de sala en su local los domingos y martes de Carnaval, más el Domingo de Piñata de los tres años y de 8 a 12 h. de la noche.
Durante el bienio 1927-1928 se incrementa el número de entidades organizadoras de estos “bailes de salón”, con la sorpresiva incorporación de aquéllos que representan la derecha monárquica y tradicionalista. Este Carnaval burgués o, al menos de expresiones
más asépticas, forma parte de las restricciones ideológicas y políticas que neutralizan la irreverente fiesta de antaño. La Peña Taurina, ahora domiciliada en la Plaza de Vilallonga, nº 3, es la asociación que más activamente promueve estos bailes en los salones de actos o de billares de su local, “en la inteligencia que dicho salón quedará aislado del café por medio de un mamparo”. Los bailes de Carnaval son autorizados los dos días de rigor más el Domingo de Piñata, de 8,30 a 12 h. el primer año, y hasta la una de la madrugada al siguiente. Este de 1928 es secundada por la Sociedad Baracaldesa, cuyos bailes coinciden con los de la Peña al celebrarse los mismos días y horas, aunque -por supuesto- en diferente local. Otra entidad organizadora, el Partido Republicano Radical, celebra bailes en el salón del Círculo Republicano local, de 8 a 12 h. de la noche durante los tres días de referencia, más el Lunes de Carnaval en 1928. La Sociedad Tradicionalista (1905), nueva en estas lides, irrumpe en la fiesta del domesticado Carnaval, celebrando veladas y bailes en sus salones, los dos domingos de referencia, más el martes correspondiente a 1928 para el que solicita y consigue que la autorización se haga extensiva hasta la una de la madrugada. El Círculo Monárquico (1913) se aventura por los derroteros del Carnaval barakaldarra con mayor
prudencia. En 1927 y “en vista del éxito obtenido en los bailes últimamente celebrados”, solicitan otro el 6 de marzo –Domingo de Piñata- sin aludir al Carnaval, para socios y familiares tanto de su agrupación como de la Unión Patriótica Nacional. Roto el tabú, en 1928 este Círculo explicita su intención de celebrar un baile “con motivo del martes de carnaval”, hasta las 24 h. y si es posible hasta la una de la madrugada.
De nuevo es el Círculo Republicano la única entidad que organiza bailes el domingo y martes de Carnaval, más el domingo de Piñata, de 1929, entre 8,30 y 12 h., reiterando la prohibición de disfraces y menos las caretas durante los mismos.
Durante el periodo republicano se consolidan las expresiones del descafeinado Carnaval propias de la etapa precedente de la dictadura. Porque el Gobierno no se atrevió a resucitar el Carnaval callejero (Heres, s.d.). Los bailes de Carnaval, calificados ya como tradicionales, acostumbrados bailes de salón, e incluso como fiesta familiar por los centros regionales constituyen ya prácticamente la única expresión, formalizada e intrasocietaria de las carnestolendas barakaldarras. El número de bailes -20 o más para el bienio 1931-32-es más numeroso que en cualquier etapa precedente.
Concentrándose, como fruto de la expresa secularización, en el Domingo de Piñata (37%), ampliándose su duración hasta la una de la noche, e incluso hasta las dos para los de la Colonia Asturiana (1904). En el Frontón se organizan bailes, amenizados por una sección de la Banda Municipal, como es práctica habitual durante muchos días festivos del año. La Sociedad Tradicionalista (1905) celebra los Carnavales sin bailes, organizando veladas59 en su local social el Domingo y Martes, a partir de las 8,30 h. de la noche. En cuanto a la tipología asociativa vinculada a esta actividad, los bailes son organizados tanto por sociedades recreativas, como regionales o políticas, éstas últimas de referente inequívocamente republicano, salvo excepciones.
Pero además el año de 1933 tiene lugar un acto festivo, singular y novedoso, que instrumentaliza la fiesta de Carnaval, supeditada a su antitético referente del trabajo, a modo de síntesis que hereda de los ya tradicionales bailes de máscaras y de salón. Este año se va a celebrar, a partir del 16 de julio, un I Certamen Provincial de Trabajo en los locales del edificio de la escuela de la Plaza de Galán y García Hernández. Promovido por Blas Beltrán, concejal republicano, más centros educativos, instituciones económicas y sindicales. Con el fin de allegar fondos para este certamen, se celebran sendos bailes, las vísperas de los domingos de Carnaval y de Piñata. Ambos tienen lugar en la nueva Plaza de Abastos, “profusamente iluminada”. El primero, calificado como “Brillante Baile de Carnaval”, se celebra el 25 de febrero, de 9 a 1h. de la noche, amenizado por la Banda Municipal y una orquesta; en el seno de una Magna Fiesta de Carnaval integrada por otros actos y diversiones.
El segundo Baile de Carnaval o Grandioso Baile de Máscaras se celebró el sábado 4 de marzo, a las mismas horas y con idéntica animación musical. A las 10 h. de la noche se proclamó la elección de Miss Baracaldo 1933. La miss es obsequiada con banda, copa y ramo de flores, así como la distinción simbólica de cortar el 16 de julio- la cinta de seda que cerraba la entrada al referido Certamen Provincial de Trabajo. Estos bailes, de ámbito popular y semipúblicos, ya adoptaron las formas de expresión originarias del Carnaval burgués de antaño.
Al final del periodo republicano se observa una acusada decadencia de esta forma de celebración de los Carnavales. El número de bailes apenas supone la cuarta parte de los organizados durante cada año del bienio 1932-1933, y tan sólo dos entidades los continúan promoviendo. Si los del Partido Republicano Radical se adecúan a fechas ya canónicas, dos de los del Orfeón Baracaldés65 tiene lugar en días atípicos: sábado y lunes posteriores a aquéllos, también en pleno periodo cuaresmal.
Resulta evidente que el baile, tanto en lugares públicos como privados, ha sido uno de los elementos primordiales del Carnaval barakaldarra. Bailes a los que el público acudió con sus correspondientes disfraces y máscaras, y que continuaron celebrándose a lo largo de la historia de la fiesta, aún en las épocas en que las autoridades limitaban el resto de actividades. Si la sociabilidad masculina y artística de músicos e intérpretes se daba preferentemente en las comparsas, las mujeres tenían su lugar habilitado y socialmente consensuado en bailes, concursos, confección de trajes y arreglos florales; pero también en la calle como espectadoras y participantes, aunque fueron invisibilizadas y excluidas por las narrativas carnavalescas masculinas de la calle, el espacio público y la fiesta.
José Ignacio Homobono Martínez
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