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Las relaciones laborales en Barakaldo durante la Restauración

Las relaciones laborales en Barakaldo durante la Restauración

Existen varias formas de aproximarse a la realidad del mundo laboral. Si en este trabajo hemos optado por el punto de vista de la conflictividad, ha sido por­que es el que ofrece una mayor visibilidad, en un momento en el que las rela­ciones laborales entre empresarios y trabajadores carecieron generalmente de un marco jurí­dico que les situase en un plano de igualdad a la hora de discutir las condiciones de trabajo. No se trata de sugerir, como sucedí­a con obras his­tóricas de los años setenta, que los obreros, conscientes de la explotación que estaban sufriendo, se encontraban en un permanente estado de guerra contra los empresarios. Pero, de la misma forma que hay que reconocer que sin el dina­mismo y el empuje de los capitanes de empresa de finales del xix y comienzos del xx la realidad industrial de Barakaldo no hubiese sido posible; es obligado dedicar un espacio destacado a los esfuerzos colectivos que los trabajadores, de distintas ideologí­as y condiciones, llevaron a cabo para mejorar su situación. Consiguieron así­ que la población baracaldesa alcanzase progresivamente unas condiciones de vida dignas.

La conflictividad laboral se manifiesta de formas muy diferentes entre los tra­bajadores. Nos encontrarí­amos así­, con tipos que van desde el enfrentamiento entre los mismos trabajadores’ y entre éstos y un cargo intermedio’, hasta la exigencia de negociación con la empresa, pasando por la solicitud de aumentos salariales, situaciones de cierre patronal, crisis económica, aumento unilateral del ritmo de la producción, etcétera. Del mismo modo, la respuesta obrera puede adoptar modelos muy distintos, desde la resistencia silenciosa en el lugar de trabajo, hasta el absentismo laboral, pasando por las bajas simuladas, el sabotaje, el boicot, el atentado individual y, el caso más visible, el paro laboral o huelga.

Las relaciones laborales entre directivos y trabajadores estaban presididas por el principio de autoridad y jerarquí­a. Era tí­pico el diálogo que escuchó un joven al empezar a trabajar en Babcock & Wilcox entre un obrero y el ingeniero: «Don Lisardo, yo habí­a pensado… Usted no necesita pensar. Para eso estoy yo». Algo semejante ocurrí­a también entre los propios trabajadores, ya que los ofi­ciales atormentaban a los aprendices, forzándoles a la sumisión, incluso aque­llos que eran militantes sindicales: «Estos mismos reniegan de la humillación asalariada y tienen alma de esclavistas». Un salesiano, profesor de la Escuela de Trabajo señalaba en una entrevista: «Quisiera hacer un ruego a los oficiales y maestros. Y es que traten a los aprendices, sobre todo cuando llegan a la fábri­ca, como a hijos suyos, ya que seguirán sus ejemplos. Y siempre, y sobre todo en su presencia, procurasen el máximo de corrección». No serí­a extraño que en aquellas empresas que utilizaban mano de obra femenina, encargados y obre­ros masculinos tratasen de aprovechar la situación para abusar de sus compañe­ras. Por todo ello, somos conscientes de que buena parte de la tensión existente en el lugar del trabajo nunca aflora a la superficie y es prácticamente indetecta­ble, salvo que se recurra a fuentes orales y estudios cualitativos. Los frecuentes accidentes laborales, las explosiones que sacudí­an periódicamente los hornos de AHV, además de provocar numerosos heridos y bastantes muertos, ocasionaban la zozobra entre los familiares de los trabajadores que acudí­an presurosos a la porterí­a de la fábrica para intentar averiguar la identidad de los afectados.

Las caracterí­sticas de este trabajo nos obligan, sin embargo, a limitarnos bási­camente al estudio de las manifestaciones públicas del descontento laboral. Expresadas preferentemente en forma de huelgas, aunque no faltaron en oca­siones determinadas acciones violentas contra la patronal o incluso entre los propios trabajadores. Diferentes coyunturas históricas vieron, además, cómo se produjeron intentos revolucionarios (que excedí­an el marco de las relaciones laborales) o huelgas generales a medio camino entre la protesta laboral y la acción polí­tica. La huelga laboral es, en este sentido y al mismo tiempo, una manifestación de protesta por las condiciones materiales de vida y de trabajo, y una muestra de las especificidades del sistema polí­tico, del papel que desem­peñan en él las organizaciones obreras y, desde luego, de las caracterí­sticas generales de la coyuntura en la que se produce dicho hecho.

Frente a la vecina zona minera, a la cual pertenecí­an además algunos barrios de Barakaldo, el espacio fabril próximo a la rí­a del Nervión vivió en los años de cambio de siglo una relativa tranquilidad, aunque no faltaron los conflictos laborales. De hecho, uno de los primeros movimientos reivindi­cativos que conocemos en Vizcaya se produjo en la fábrica Nuestra Señora del Carmen el año 1872. Las huelgas mineras de 1890, 1892, 1903, 1906 y 1910, motivadas fundamentalmente por cuestiones laborales y lideradas por militantes socialistas, no tuvieron un eco especialmente significativo en esta zona. Tanto los directivos de AHV, como las autoridades civiles y militares tomaron todo tipo de medidas, que incluí­an desde el enví­o de tropas para cus­todiar la factorí­a, hasta la confección de listas, tanto de trabajadores “segu­ros”, como de “revoltosos”, pasando por la contratación de esquiroles en dis­tintos lugares (Asturias, Santander y Navarra), para evitar la parada de la acti­vidad siderúrgica. De hecho, sin la presencia de las masas de mineros que bajaron de las explotaciones, ocupando las fábricas en alguna ocasión, la repercusión de los paros habrí­a sido muy escasa. Evidentemente, los mineros baracaldeses de Arnabal y El Regato sí­ participaron de forma activa en la mayor parte de estos conflictos.

Aunque en los años anteriores se habí­an ya producido ya algunos conflictos parciales en varios talleres, AHV conoció en 1899 dos huelgas que tuvieron especial repercusión. El primer paro importante, junio de 1899, motivado por el despido de varios sindicalistas y el restablecimiento del horario de los dí­as festivos, de siete de la mañana a cuatro de la tarde, terminó con el triunfo de los huelguistas al conseguir paralizar los hornos altos. Un mes más tarde, el 15 de julio, se produjo otra huelga iniciada con el paro de los descargadores de los muelles que duró hasta la primera decena de agosto, terminando con la derrota y la represión de los huelguistas.

Entre las razones del poco éxito del asociacionismo obrero en AHV hasta los años de la I Guerra Mundial, Juan Pablo Fusi señala la inadecuación del sis­tema de sindicalismo por oficios, propio de los primeros tiempos de la UGT, para una industria moderna como Altos Homos y el éxito de la polí­tica social de la empresa. Los salarios eran comparativamente más altos y Altos Hornos generó una amplia red de instituciones benéficas para sus trabajadores: la socie­dad de socorros ya mencionada, pensiones, casas, la cooperativa de consumo y escuelas para los hijos. Conseguir colocación era algo que sólo se conseguí­a gracias a recomendaciones. Todo ello, además de generar un sentimiento de lealtad hacia la empresa, colocaba a los empleados en AHV en una posición de privilegio y el despido ocasionaba consecuencias más negativas que la simple pérdida del puesto de trabajo. No hay que olvidar, añadimos, el recuerdo de la derrota de julio de 1899 y que las posibilidades de controlar a los trabajadores es mayor en un recinto cerrado como la fábrica, que en una mina. Alguna empresa como Backock Wilcox llegó a instalar retretes sin puertas, para evi­tar que los trabajadores perdiesen el tiempo.

Hasta 1911, sólo se produjeron varias huelgas o conatos parciales en alguno de los talleres de la factorí­a. Todos ellos terminaron con la derrota de los traba­jadores. La posición de la empresa fue de rechazo radical, no sólo a las reivin­dicaciones obreras, sino al mero hecho de reconocer la existencia o representa­tividad de las asociaciones de los trabajadores. La huelga de septiembre de 1911, sin embargo, fue la expresión del cambio de tendencia que se avecinaba en los próximos años. Esta huelga, la primera con carácter general en AHV, se inició en los muelles del puerto, y ante el despido de 200 cargadores de esta empresa, el paro solidario se extendió, inesperadamente, a todos los talleres, aunque con menor incidencia entre los operarios de los diferentes hornos y cal­deras. La huelga, que se amplió a Bilbao y a otros puntos de España, fue un producto espontáneo de las bases de las organizaciones obreras, sindicalistas repu­blicanos y socialistas, como forma de protesta por los sucesos de Marruecos y por la tensión laboral existente en muchas empresas. El conflicto, tras enfren­tamientos violentos que ocasionaron un muerto y varios heridos, terminó con derrota de los trabajadores (se realizó una “lista negra” de 472 obreros y se despidió a 395, un 5,91% de la plantilla), pero así­ finalizó una fase de la histo­ria laboral de AHV.

El inicio de la Primera Guerra Mundial rompió, momentáneamente, la mar­cha ascendente de las principales empresas baracaldesas. La falta de materias primas estuvo a punto de paralizar la actividad de AHV, hasta el momento una de las empresas más lucrativas de España. Pero, al poco tiempo, las necesida­des de los paí­ses en combate contribuyeron a un gran aumento de la producción y de los beneficios. La situación de los trabajadores se agravó extraordinaria­mente, ya que la ligera subida de los salarios estuvo contrarrestada con el fuer­te aumento que experimentaron los precios de los productos de primera nece­sidad, hasta el punto que en el caso de AHV, la empresa tuvo que subvencionar con más de medio millón de pesetas anuales el precio del pan, para que sus obreros pudiesen comprarlo.

La situación de los trabajadores contrastaba con la de los 20 miembros del Consejo de Administración que se repartí­an el 8% de los beneficios de la empresa, además de la parte correspondiente a su calidad de accionistas de la misma. Más en concreto 4 familias, Chávarri, Urquijo, Zubiria y Gandarias controlaban más del 50% de la empresa. De hecho, Tomás de Zubiria e Ybarra fue el Presidente del Consejo desde 1902 hasta 1932, momento de su falleci­miento.

Los sí­ntomas de agotamiento y el deterioro de la calidad del mineral de hie­rro, manifestados desde 1899, habí­an afectado a la demanda de éste. Los pri­meros momentos de la Guerra Mundial contribuyeron a la crisis de la minerí­a: la Franco-Belga, por ejemplo, tuvo que suspender su producción durante tres meses. Muchos de los mineros emigraron, sus organizaciones perdieron su fuerza negociadora y los mineros dejaron de ser la rama principal de la organi­zación obrera de Vizcaya. Los primeros meses de 1915 vieron cómo peligra­ba la situación de muchos trabajadores. La Casa del Pueblo creó una Comisión ProTrabajo y durante cierto tiempo el Ayuntamiento, con aportaciones de par­ticulares, tuvo que instalar comedores económicos para los parados y sus fami­liares, además de emprender algunas obras para emplearlos e instar a las empresas a que contratasen más personal.

La Guerra del 14, que debilitó la fuerza minera, reforzó la posición de los meta­lúrgicos. En este sector se produjo una rápida mejora de la coyuntura. La ola de prosperidad afectó a todos los sectores, salvo a la minerí­a. Los beneficios de Altos Hornos en el periodo 1913-1916 alcanzaron los 10 millones, mientras que entre 1917-20 superaron los 15 millones. AHV instaló  2 nuevos hornos Siemens, reconstruyó altos hornos envejecidos y montó un gran taller de forja y lamina­ción. Al mismo tiempo incrementó la mano de obra a través de la contrata de la emigración campesina de la España interior. Barakaldo registró una tasa de cre­cimiento demográfico muy elevada, 39,78%. La situación daba a los obreros metalúrgicos un excepcional poder de negociación. En marzo de 1914 se creó el Sindicato Metalúrgico (sindicato industrial) aprovechando el impacto de la cam­paña de Prieto en la elecciones a Cortes. El Sindicato Metalúrgico surgió en un sector caracterizado hasta 1916 por la humillación de sus trabajadores, acobarda­dos por su concentración en grandes masas en las factorí­as de los altos hornos y en los grandes talleres de la construcción metalúrgica.

Los socialistas eran bien conscientes de las consecuencias polí­ticas que origina­rí­a la movilización de los obreros de la zona Barakaldo-Sestao. Dicha moviliza­ción darí­a a las izquierdas grandes posibilidades de conquistar los distritos de Barakaldo y Valmaseda, lo que provocarí­a un cambio radical del equilibrio polí­ti­co de la provincia. También reforzarí­a el peso del PSOE en la Conjunción Republicano-Socialista e, internamente, fortalecerí­a la estrategia prietista frente a los seguidores de Perezagua, más fuertes entre los mineros. En este contexto, el Sindicato Metalúrgico inauguró el año 1916 con una campaña de mí­tines. En el celebrado en la Casa del Pueblo de Barakaldo, los diferentes oradores, incluido Prieto, insistieron en la necesidad de unión de los trabajadores y se reclamó un aumento de salarios. Los dirigentes de la UGT eran sabedores del momento en que se realizaban las reivindicaciones: «a los obreros técnicos ahora es completamente imposible sustituirlos». Fruto de la presión, a finales de febrero se produjo un aumento de salarios en torno al 10%, tanto en algunas minas como en Altos Hornos. Pero las peticiones obreras continuaron debido al gran desequilibrio exis­tente entre la subida del coste de la vida y sus sueldos.

De este modo, el 22 de mayo de 1916, el Sindicato Metalúrgico, el Sindicato Profesional de Obreros Católicos y Solidaridad de Obreros Vascos presentaron un escrito a los diferentes patronos metalúrgicos vizcaí­nos, solicitando el aumento del 30% para aquellos con salarios inferiores a 4 pesetas, 20% para los superiores, 50% de plus en las horas extraordinarias y el pago semanal de jor­nales. Las empresas aceptaron el 26 de junio y el peligro de huelga pareció desvanecerse. En los mí­tines celebrados en Barakaldo y Sestao, los dirigentes del Sindicato Metalúrgico insistieron en el triunfo de los trabajadores al obligar a las grandes empresas a negociar con el sindicato. Los conflictos, sin embar­go, se incrementaron en los meses siguientes.

El 1 de julio se inició un paro entre los descargadores del muelle. El 3 del mismo mes se produjo un cierre patronal en la fábrica Sánchez Dí­az y Herrero en el barrio de Iráuregui, al solicitar los obreros aumento de 50 cts diarios y 50% en las horas extras. 180 hombres, mujeres y chicos quedaron sin trabajo. Tras la negociación, el dí­a 8 se volvió al trabajo con un aumento de 0,25 pese­tas más por dí­a y el 50% en las horas extras.

Un dí­a más tarde, en la madrugada del domingo 9 de julio, buena parte de los trabajadores de Altos Hornos se declararon en huelga; primero, los empleados en los talleres de Sestao y, luego, los de Barakaldo. Protestaban así­ por la negativa de la dirección de pagar los sueldos semanalmente’. El paro se inició espontá­neamente, sin intervención del sindicato y se extendió a la mayor parte de los obreros, salvo los de los hornos altos, Bessemer y trenes reversibles. Se impi­dió la entrada al nuevo turno y se produjeron algunos incidentes con trabajadores que se negaron a secundar el paro. El dí­a 10 entraron los trabajadores de Barakaldo para provocar el paro desde los talleres y conseguir que saliesen los esquiroles. Ese mismo dí­a, una manifestación que se dirigí­a desde Sestao a la fac­torí­a baracaldesa fue disuelta por la Guardia Civil en el puente de Urbí­naga, cau­sando un muerto, un herido de gravedad y varios heridos. La huelga se exten­dió a Aurrera, Basconia, Echevarrí­a y Astilleros del Nervión, a la fábrica de radia­dores de Lasesarre y a la Orconera. El dí­a 11 se declaró la huelga general en toda la zona fabril. Ese mismo dí­a, tras una nueva negociación, los patronos accedie­ron a reconocer por escrito el pago semanal. Por la noche, en sendas reuniones en las Casas del Pueblo de Barakaldo y Sestao, lndalecio Prieto notificó las conce­siones hechas por AHV y terminó la huelga. El dí­a 12 se volvió al trabajo. Los obreros conseguí­an así­ que la empresa reconociese la personalidad del Sindicato que «en el fondo (era) lo que se ventilaba».

Tras una nueva campaña de agitación, la UGT y la CNT convocaron una Huelga General en toda España para el 18 de diciembre, contra la carestí­a. El paro que tuvo un seguimiento casi total en la zona minera y fabril, sin inciden­tes dignos de mención’ presentaba caracterí­sticas propias en el partido judicial de Valmaseda, Ya que en este distrito los delegados obreros en los Tribunales Industriales no representaban realmente a los trabajadores. Se reclamaron nue­vas elecciones.

1917 conoció nuevos conflictos, como consecuencia y reflejo del clima de des­contento social creado por la carestí­a y por la esperanza de posibles cambios polí­­ticos derivados de la crisis polí­tica que viví­a España. El 25 de abril, 65 ebanis­tas de diferentes empresas iniciaron un paro solicitando una jornada de 9 horas, aumento salarial del 10% más pago de las horas extras (la la 50%, las otras 20%); herramientas a cuenta de la empresa, abolición del destajo y avisar con 8 dí­as el despido. Se formó una comisión de conciliación y arbitraje presidida por el alcal­de siguiendo la ley de 1908: pero los empresarios rechazaron su intervención de dicha comisión: «por creer que se llegará más fácilmente a un arreglo tratando directamente entre patronos y obreros». El 2 de mayo el conflictoestaba solucio­nado en los tres talleres más pequeños, con la aceptación de todos los puntos, salvo la subida salarial que serí­a discrecional. El taller de lturmendi volvió a trabajar el dí­a 8 con las mismas condiciones, salvo el mantenimiento del destajo. El 7 de julio, 106 hombres y mujeres de la fábrica de ladrillos refractarios de Luchana (la totalidad, salvo 4 para mantener los hornos) se declararon en huelga debido al rechazo a las peticiones obreras de 75 cts más jornal, pago de las horas extras, abolición de fiestas entre semana, hora y media para comer y mejora de la higiene. El paro terminó el dí­a 18.

El conflicto más importante afectó nuevamente a los obreros de Altos Hornos de Vizcaya. A comienzos de julio se realizaron nuevas peticiones a la patronal, entre ellas la reducción de la jornada laboral de 10 horas y media a 9. El rechazo empresarial, salvo en Martí­nez Rivas de Sestao, provocó el ini­cio de la huelga el sábado dí­a 21. Ese dí­a la práctica totalidad de los trabaja­dores, sin distinción de ideologí­as u organizaciones, incluidos los responsa­bles del mantenimiento de los hornos abandonaron espontáneamente las fac­torí­as, sin incidentes. Los obreros, siguiendo las indicaciones de los respon­sables sindicales se mantuvieron alejados de las puertas de las fábricas, custo­diadas por las fuerzas de seguridad. Otras empresas de la zona también paralizaron sus actividades. El 28 se suspendieron las garantí­as constitucio­nales en la provincia y una compañí­a del ejército fue desplazada a la empre­sa para alimentar los hornos, entre las protestas obreras. Ese mismo dí­a se llegó a un preacuerdo, que fue rechazado por los huelguistas ya que la reduc­ción del horario no superaba la media hora. A partir de ese momento el con­flicto se radicalizó, produciéndose enfrentamientos entre huelguistas y esquiroles, con amenazas a familias de empleados y obreros de AHV para que abandonasen el trabajo. Mientras tanto, familias obreras de Eibar, San Sebastián, zona minera o del propio Barakaldo se hicieron cargo de los hijos de los huelguistas. El dí­a 9 de agosto, la asamblea aceptó someterse al laudo de la Cámara de Comercio.

Sin embargo, el 13 de agosto la UGT y la CNT declararon la huelga general en toda España, intentando aprovechar la debilidad del gobierno para provocar un cambio revolucionario del poder. Inmediatamente, a las 4 de la tarde del mismo dí­a, se declaró el estado de guerra, clausurándose los centros obreros o izquier­distas y se detuvo a numerosos militantes obreros. Se produjeron numerosos enfrentamientos entre huelguistas y fuerzas de seguridad o del ejército. El paro fue muy amplio en Bilbao, zona minera y fabril, pero como movimiento nacio­nal fue un fracaso. A partir del 18 se inició la vuelta al trabajo, sin haber conse­guido ni los objetivos de la huelga general, ni los planteados por los metalúrgi­cos. Ese dí­a entraron a trabajar en Hilados Rica Hnos; el dí­a 20 los de la fábrica de ladrillos, Castillo, Tranví­as, Alambres del Cadagua y Federico Echevarrí­a; el 21 dejaron la huelga Industria y Comercio, Sánchez Dí­az y Herrero, el 22 los tra­bajadores de la Orconera y Luchana Mining; el 27 los de la L’Eglí­sse y Cámara y Eguí­a. Finalmente el 29, los obreros de AHV. Tras varios meses con las sedes obreras clausuradas, las únicas acciones de finales de año tuvieron como objeti­vo recaudar fondos para los presos, y reorganizar el Sindicato Metalúrgico, debi­litado por los despidos, las detenciones y los trabajadores que abandonaron la población. 35 obreros de la Orconera se declararon en huelga para solicitar el reingreso de 4 detenidos en los sucesos de agosto.

La finalización de la I Guerra Mundial, en 1918, dio paso a un periodo de honda crisis económica, como consecuencia de la pérdida de los mercados internacionales y la creciente competencia que las empresas extranjeras reali­zaban a la producción local. La mayor parte de los esfuerzos estuvo encami­nada a conseguir la readmisión de los despedidos, más de 400 en la factorí­a ses­taoarra de AHV por ejemplo. El reingreso se vio favorecido por la coyuntura polí­tica, ya que el candidato monárquico a Cortes y miembro de Consejo de Administración de dicha empresa Fernando Ibarra necesitaba los votos socia­listas para poder vencer a los candidatos nacionalistas. No faltaron, tampoco algunas huelgas, corno la de los moldeadores de los Talleres Salcedo Hnos. o la de la compañí­a de Radiadores, en ambos casos por despidos. En otros casos, como la de los ferroviarios de la Orconera, se llegó a un acuerdo pací­fico con la dirección de la empresa.

Mientras tanto, el Sindicato Metalúrgico de Vizcaya realizó una serie de recla­maciones a los empresarios que fueron rechazadas en su totalidad. En un mitin celebrado frente a la Casa del Pueblo, el 21 de julio de 1918, y al que acudie­ron unos 4000 asistentes, los oradores atacaron duramente a los patronos, espe­cialmente a Alejandro Zaballa, presidente del Cí­rculo Patronal por negarse a par­lamentar con la comisión de huelga. También se criticó a los católicos libres y al Centro Vasco de Barakaldo. A finales de año se celebró otro acto para exigir la implantación de la jornada de las ocho horas y el salario mí­nimo.

El año 1919 se inició con un aumento del número de paros. La Naval se vio sacudida desde mediados de febrero por una serie de huelgas parciales que afec­taban cada vez a un grupo profesional, pero que no habí­an terminado en agosto, adquiriendo carácter general. El 15 de abril se inició el paro en la fábrica de cerá­mica de Burceña., reclamando la jornada de 8 horas, aprobada el 10 del mismo mes por el Gobierno. Una semana más tarde era la factorí­a Castaños. Uribarri y Cí­a de Retuerto la que se colocaba en huelga reclamando aumento de salarios. A este clima hay que añadir la fundación en marzo del Sindicato íšnico del Arte del Hierro (anarquista) y la animación inusitada de la celebración del Primero de Mayo, ya que se concentraron en la anteiglesia representaciones de todas las agrupaciones socialistas y ugetistas de Vizcaya.

El 26 de mayo se inició el principal paro de ese año que afectó a los Astilleros del Nervión. Ese dí­a, 1.600 obreros, alentados por el Sindicato Metalúrgico y el Sindicato íšnico, se declararon en huelga por diferencias en la forma de organizar la producción. Solventado ese tema, la dirección insistió en despedir a los tres trabajadores que tocaron la sirena animando a sus compañeros a iniciar el paro. Este hecho y la defensa del derecho de asociación produjeron una nueva huelga el 19 de julio que se prolongó nada menos que hasta finales de año, aunque desde finales de agosto algunos trabajadores se reintegraron a los talleres. A partir de octubre se sucedieron los incidentes con las fuerzas de orden público y con esquiroles, alguno de los cuales resultó herido de grave­dad. Mientras tanto se sucedieron algunos paros cortos y los trabajadores de AHV se aprestaron a una nueva confrontación con la empresa.

Estas huelgas eran producto de la conjunción entre el inicio del declive econó­mico, el constante crecimiento de los precios de los productos de primera nece­sidad, que convertí­a rápidamente en anticuadas las elevaciones de salarios acor­dadas entre trabajadores y empresas, un aumento de las posiciones radicales entre los trabajadores –inspirado en parte en el triunfo de la Revolución Rusa; lo que se plasmó en la formación de sindicatos entre nuevos sectores profesionales– y la pugna entre sindicalistas y socialistas por conseguir la dirección del movimien­to obrero vizcaí­no. Los cenetistas promovieron una docena de conflictos, desau­torizados por el Sindicato Metalúrgico. El entendimiento de este último con los grandes empresarios se reforzó por la necesidad de evitar la competencia anar­quista. Los cenetistas disponí­an de pequeños grupos militantes de gran dinamis­mo promoviendo una bien coordinada campaña de huelgas por departamentos en varias factorí­as. La actividad anarquista desafiaba la autoridad del Sindicato Metalúrgico que en ocasiones tuvo que presionar a los empresarios para no verse desbordado por la izquierda, aunque muy pocas veces se llegó a la huelga.

El año terminó con una huelga en los talleres textiles Rica Hnos. El 22 de diciembre 183 trabajadores solicitaron la readmisión de los 16 despedidos en el conflicto anterior. El 26 se añadieron reivindicaciones ya cubiertas en el sector metalúrgico: aumento de 1,50 pts por dí­a y 1 pts para mujeres y niños, 50% por horas extras, pago semanal, no al destajo, cobro del salario í­ntegro, sin des­cuento para el economato. La contrapropuesta consistió en 10 horas de trabajo al dí­a (2 consideradas como extras al 25%), readmisión de despedidos y pago de los salarios atrasados. Se amenazaba asimismo con cerrar la fábrica. El con­flicto se solucionó el 5 de enero con la readmisión de los despedidos, salvo uno, aumento de 50% en las horas extras, retribución de los dí­as perdidos por la huelga, etcétera.

La conflictividad aumentó en 1920 en todos los terrenos, tanto en el laboral- sindical, como en el sociopolí­tico, produciéndose varios muertos, por cuestio­nes polí­ticas y sociales. La presencia de las fuerzas de seguridad se hizo mucho más acusada y la Guardia Civil patrullaba las romerí­as para evitar incidentes entre trabajadores de tendencias distintas. Fue en ese momento cuando empe­zó a decaer la influencia anarquista. Por un lado, la rivalidad con los socialistas llegó al enfrentamiento fí­sico y motivó una respuesta enérgica por parte de éstos»’. Por otro, los atentados contra personal directivo, capataces y obreros con­trarios a las huelgas”, y la colocación de algunos petardos en Barakaldo en enero de 1920 motivaron el seguimiento de los sospechosos de anarquismo, tanto en Sestao como en la anteiglesia. La policí­a detuvo más de 100 miembros del Centro Sindicalista de Barakaldo y clausuró temporalmente su sede.

Poco después, el 31 de marzo se produjo el cierre patronal de Rica Hnos debi­do «a las imposiciones de los obreros que pretenden sustituir en un todo la dirección y autoridad técnica» de los propietarios. Tras aceptar las reivindica­ciones obreras a finales del año anterior, el 29 de marzo se suspendió el traba­jo parcialmente por reparaciones, y la comisión obrera exigió explicaciones. Al decirles que no les correspondí­an, se declararon en huelga. El paro se prolon­gó hasta el 7 de julio, llegándose a un acuerdo entre ambas partes.

El 14 de abril de 1920 se inició un nuevo conflicto, relevante por tener como protagonistas casi en exclusiva a mujeres trabajadoras. Ese dí­a, las 28 obreras de la fábrica de cordel Uribarri de Retuerto enviaron a la dirección un escrito solicitando el aumento de una peseta de jornal, jornada de 8 horas y horas extras a 50%. El 16 contestó la dirección negándose al aumento de salarios, debido a las pérdidas que estaba sufriendo la empresa, indicando además que probablemente tendrí­an que cerrar parte o, incluso, toda la fábrica. Aceptaban, en cambio la reivindicación de las horas extras y las 8 horas. Ante esta respues­ta. las trabajadoras se declararon en huelga desde el dí­a 20 hasta el 28; momen­to en el que terminó la huelga, con un aumento de 2 reales.

Tras varios paros parciales en el mes de junio, el conflicto laboral más importante fue la huelga general convocada en la metalurgia el 22 de Julio de 1920 por el Sindicato Metalúrgico, con el apoyo del Sindicato íšnico. Se soli­citaba el establecimiento de un salario mí­nimo para todos los trabajadores, aumento del mismo, aumento del 100% en las horas extras, pago í­ntegro del sueldo en caso de accidente y establecimiento de escuelas profesionales. El Centro Industrial de Vizcaya aunque aceptó algunos puntos, anunció que, posi­blemente, las empresas individuales no estarí­an dispuestas a escuchar y estu­diar dichas proposiciones. El paro, que coincidió con huelgas en el sector de la construcción, de los ebanistas y el de los descargadores de los muelles, afec­tó a todo el sector, excepto a Euskalduna. Pese a la concentración de fuerzas de la Guardia Civil, miles de trabajadores participaron en la movilización, sin que en Barakaldo se produjesen incidentes. El conflicto terminó rápidamente el 29 de julio con la aceptación de la contraoferta patronal, establecimiento del salario mí­nimo y aumentos parciales de salario, pese al rechazo de las otras peticiones. Las empresas concedieron, en la práctica, al Sindicato Metalúrgico de la UGT, la representación exclusiva del sector, al autorizarle a nombrar delegados en las secciones de producción. La intensa actividad sindical y polí­ti­ca habí­a conseguido que las consecuencias de la posguerra no fuesen demasia­do gravosas para los trabajadores, especialmente para los menos cualificados que fueron los que mayores ascensos de salario vivieron desde el inicio de la I Guerra Mundial; aunque la elevación del poder adquisitivo no querí­a decir todaví­a condiciones de vida razonables, sobre todo en el caso de las familias cuyo único ingreso fuese el del padre de familia.

Tras el fin del conflicto tranviario y mientras se producí­a el conflicto de la fábrica de alquitranes, el enfrentamiento intersindical serí­a la nota clave del otoño de 1920. En efecto, tras una temporada de frecuentes colisiones entre UGT y CNT, en septiembre se llegó a una alianza entre ambas organizaciones, procediéndose a la convocatoria de varios mí­tines para el 3 de octubre, en los que participaron representantes de ambos sindicatos en Bilbao y Sestao. Pero mientras en los mí­tines se indicaba que el objetivo era unificar ambos organismos, ese mismo dí­a otro comunicado indicaba que se trataba de un pacto circunstancial para concertar la acción defensiva del proletariado contra los atro­pellos y represiones del gobierno’. En realidad, el acuerdo entre el Sindicato Metalúrgico y el Sindicato íšnico del Arte del Hierro tení­a corno objetivo fun­damental exigir la sindicación obligatoria a alguna de esas dos organizaciones de todos los trabajadores del sector y la expulsión de los trabajadores no sindi­cados o afiliados a grupos católicos o, especialmente, a Solidaridad de Obreros Vascos. La oposición polí­tica entre nacionalismo y españolismo a partir de 1918, los intentos de socialistas y anarquistas de eliminar la presencia de los solidarios en las empresas y los constantes enfrentamientos entre trabajado­res de ambos grupos contribuyeron a limitar la de por sí­ escasa vocación rei­vindicativa de SOV.

El 11 de enero de 1921 se produjo el acontecimiento más grave de todo el periodo, cuando a las seis de la tarde varios desconocidos dispararon contra el coche en el que viajaban varios directivos de AHV. Los disparos hirieron al Jefe Administrativo (Gerente) Manuel Gómez Canales, que falleció 4 dí­as más tarde en el Hospital de Basurto. Como consecuencia de este atentado, números de la Guardia Civil y de la policí­a municipal detuvieron a una cincuentena de sindicalistas anarquistas de Barakaldo y Sestao. Según todos los indicios fueron sometidos a diferentes torturas y cuatro de ellos, Fernando Ropezuelo, Jesús Vallejo, Román ílvarez y José Antuñano, se confesaron autores de los hechos, mientras que otros dos, Agapito González y Joaquí­n de la Maza, fue­ron declarados en rebeldí­a’. Según las fuentes anarquistas, más de 500 sindi­calistas fueron deportados por orden del gobernador civil Reguera. Al mismo tiempo se rompió el pacto entre UGT y CNT, al no secundar los primeros las protestas anarquistas por los sindicalistas deportados a Mahón.

Desde inicios de 1921 se empezaron a apreciar en el mercado del hierro y del acero de Vizcaya las consecuencias alarmantes de la crisis acaecida a la ter­minación de la guerra europea. Se produjeron despidos masivos en las minas y la jornada se redujo a 4 e incluso a 3 dí­as. El número de desempleados en la zona Barakaldo-Sestao sobrepasó los 5.000 trabajadores. Sólo AHV mantuvo sin reducciones drásticas su personal’. La crisis coincidió con la creación del Partido Comunista de España (25 de junio de 1921). El intenso descontento obrero trató de ser aprovechado como plataforma por el nuevo partido. Mientras los socialistas negociaron el rebaje de los salarios, los comunistas convocaron, a partir del verano de 1921, una serie de huelgas que fracasaron. Su doble objetivo era desplazar a los socialistas y fomentar un clima de agita­ción social’. Los paros fueron convocados por comunistas y sindicalistas. Más importante fue el declarado el 31 de agosto contra el gobernador civil con el apoyo de SOV. Esta huelga, finalmente apoyada por los socialistas, durarí­a hasta el 5 de septiembre. Una nueva huelga se produjo a inicios de octubre.

La crisis económica redujo drásticamente el número de conflictos, pero para­dójicamente, condujo a la mayor huelga que ha vivido en su historia el conjun­to de la industria siderúrgica vizcaí­na, desde el 15 de mayo hasta el 1 de agos­to de 1922. A comienzos de mayo, las empresas metalúrgicas anunciaron la reducción de sueldos en un 20%. Ante esta decisión unilateral, el Sindicato Metalúrgico convocó el 15 de mayo una huelga general en todo el sector, salvo en algunas de las empresas que no habí­an reducido el salario de sus trabajado­res (La Naval, Astilleros del Nervión, etcétera). Los representantes obreros se negaron, en un inicio, a discutir siquiera la rebaja de los salarios. Los empresa­rios repartieron un manifiesto por la zona fabril justificando la rebaja por la competencia exterior y el abaratamiento de la vida. Los obreros, por su parte, argumentaban en base a los 109 millones de beneficios conseguidos por AHV entre 1901 y 1921, el hecho de que varias empresas no habí­an bajado y que el abaratamiento habí­a sido inapreciable.

Ante la amenaza de los patrones de suspender las negociaciones si no se aceptaba el principio de la rebaja, el 4 de junio los dirigentes socialistas fue­ron sustituidos por un nuevo comité de huelga dirigido por comunistas y 2 sin­dicalistas. Para no perder su supremací­a polí­tica y sindical, Prieto presentó una interpelación en el Congreso el 21 de junio y como consecuencia de ella llegó a Bilbao una comisión del IRS encargada de gestionar un acuerdo vol­viendo a abrir nuevos cauces de solución, alejados, además de las manos de los comunistas. La fórmula reducí­a la rebaja a un 10%. Se temí­a que si no la aceptaban los obreros se recurriese a métodos extremistas que hasta entonces no se habí­an utilizado. No obstante, la propuesta del 1RS fue rechazada por unanimidad, ya que ni los propios socialistas la apoyaron al ser considerada una rebaja excesiva.

Salvo algunos incidentes al reabrirse la Basconia a fines de mayo, no se per­cibí­a agitación alguna en Barakaldo y Sestao. Ambas localidades tení­an un aspecto de pueblos abandonados, silenciosos y tristes. 3.000 obreros y sus familias tuvieron que recurrir a la ayuda de los fondos municipales para poder sobrevivir durante el tiempo que se prolongó el conflicto. Faltos de otros medios de subsistencia, algunos trabajadores recogí­an chatarra entre los restos de fundición, para venderlos y poder comer. Cien niños de Barakaldo y Sestao fueron acogidos en casas de trabajadores santanderinos. Se organizaron colec­tas y comisiones de socorro en diferentes puntos de Vizcaya. Se realizaron mí­ti­nes de solidaridad en muchas zonas de España. Los comerciantes de la Margen Izquierda emitieron un comunicado apoyando las reivindicaciones obreras y solicitando el fin del conflicto. Aducí­an que los pequeños comerciantes sopor­taban buena parte del peso de la huelga, en la medida en que suministraban ali­mentos a los huelguistas a crédito, mientras ellos tení­an que pagar a los mayo­ristas.

El 20 de julio se abrieron las puertas de los talleres, y aunque solo unos 400 trabajadores acudieron a su puesto, era evidente el deseo de encontrar una fórmula que permitiese una rápida vuelta al trabajo. Una primera votación realizada el 20 de julio dio la mayorí­a por cincuenta votos a los favorables a la continuación del conflicto. Pero el rumor de que numerosos trabajadores de AHV pensaban reunirse para decidir la vuelta al trabajo por su cuenta, obligaron a modificar la comisión de huelga, otorgando de nuevo la mayorí­a a los socialistas. En una asamblea celebrada en Barakaldo el dí­a 23, los huel­guistas decidieron por 490 votos contra 150 entablar negociaciones con los patronos, aceptando que se produjese algún tipo de rebaja. El comité de huelga inició nuevas conversaciones en Madrid con una representación patro­nal. Al no llegarse a un acuerdo, el ministerio de Trabajo dictó un laudo que reducí­a la rebaja a un 8%, establecí­a contratos colectivos y creaba comités paritarios en las empresas'”. En la votación de Barakaldo votaron 1.177 a favor de aceptar el laudo y 230 en contra; en Sestao 1.213 y 144 respectiva­mente. El 1 de agosto se volví­a al trabajo.

El relativo fracaso de la huelga metalúrgica de 1922 y las duras condiciones que tuvieron que sufrir los huelguistas mientras ésta duraba, en un momento de crisis económica que habí­a debilitado sensiblemente el poder económico y la capacidad de presión social de los sindicatos, supuso el fracaso de la polí­tica de intransigencia laboral preconizada por comunistas y sindicalistas. Pese a ello y, al tiempo que se reorganizaba el Sindicato Metalúrgico, continuaron las pro­testas. Así­ el 8 de noviembre de 1922 se produjo una huelga general en solida­ridad con los procesados por el asesinato del gerente de AHV. El paro fue con­vocado por todas las organizaciones de izquierda, aunque tal vez los socialistas lo hicieron para que los comunistas no capitalizasen el éxito de una acción que parecí­a contar con simpatí­as entre los trabajadores.

Ya en 1923, el 20 de marzo, 325 obreros de los hornos altos de AHV se declararon en huelga para que la empresa abonase los sueldos a unos obreros que la semana anterior se habí­an negado a trabajar en tareas que no les corres­pondí­an. El 25 decidieron volver al trabajo con la condición de que los jorna­les devengados se ingresasen en el Hospital Civil de Bilbao. Además se acor­dó que un turno no abandonarí­a la faena, hasta que se presentase el siguien­te’. Poco después se inició una huelga de los mineros de AHV que duró dos meses y medio.

Según un informe elaborado en 1928 para toda Vizcaya, las jornadas perdi­das entre 1917 y 1923 alcanzaron las 2.308, los obreros en huelga fueron 71.566 varones y 2.247 mujeres y el dinero perdido 20.975.856 pesetas supo­niendo que los hombres tení­an un jornal de 8 pts y las mujeres de 4.

 

Mikel Aizpuru

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Actualizado el 2 de marzo de 2018

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