Un significativo caso de carnaval local (Barakaldo 1802-1936) (II)
- LAS CUESTACIONES INVERNALES TRADICIONALES EN BARAKALDO
Las fiestas invernales se enmarcaban en un contexto de escasez alimentaria que el calendario festivo tratará de paliar mediante cuestaciones de viandas. Cantar y comer, en ronda coral y postulante formaba parte de sendos rituales, en los que grupos de niños, chavales o mozos iban de casa en casa por el ámbito intracomunitario, su propio barrio con exclusión de los restantes. Condensando la sociabilidad y la comensalía de los agentes. No comparten con el Carnaval propiamente dicho las características predominantes de éste como son la máscara y el disfraz, ni la transgresión social propiamente dicha, salvo la amenaza de sustraer gallinas en caso de que no se atiendan sus peticiones.
La primera de ellas es la de los aguilandos (aguinaldos), protagonizada por grupos de niños entre 6 y 11 años, aunque las edades más habituales oscilaban entre los 8 y los 10, celebrada el día de Reyes. La víspera de la festividad de Santa Águeda, el 4 de febrero salían a cantar estrofas en su honor los coros itinerantes integrados por quintos o mozos de cada pueblo y/o barrio, con letras propias de cada zona; postulando viandas o dinero con destino a una posterior cena. Paulatinamente, esta práctica se irá transfiriendo a asociaciones corales de tipo nacionalista, con la letra unificada del Agate Deuna, y con destino a finalidades caritativos propios de este movimiento. Tras la Guerra Civil, toman el relevo primero coros de colegios católicos y más adelante otros más variados: colegios e institutos, txokos y grupos de danzas vascas, etc. Pero siempre presididos por la tríada cuadrilla o asociación, sociabilidad y comensalía. Por último, las carrascoliendas (carnestolendas) protagonizadas por chicos escolares, de entre 12 a 14 años, en un rito de paso desde la pubertad a la mocedad. Celebradas mayormente el Domingo de Carnaval, en algunos lugares del municipio se amplió la cuestación a cualquiera de los Días de Carnestolendas. Al igual que el Carnaval propiamente dicho, sobrevivieron hasta 1937. Todas ellas, salvo el de Santa Águeda en años, fueron exclusivos de las zonas periurbana y rural de Barakaldo lo que las distingue del Carnaval urbano de nuestra localidad.
- HÁBITOS ALIMENTARIOS DE CARNAVALES
La alimentación es un fenómeno sociocultural y sus hábitos constituyen una expresión social, religiosa o étnica. Compartirlos expresa un determinado nivel de identidad colectiva, con la pertenencia a una comunidad; particularmente cuando se concierten en prácticas de comensalía ritualizadas, propias del tiempo festivo.
El Carnaval es un periodo de excesos alimentarios, de cuestaciones de viandas y de rituales culinarios, que preceden a los ayunos y abstinencias cuaresmales; imperando las comidas a base de cerdo, tanto en el régimen doméstico como en el colectivo. La propia etimología del Carnaval -carne levare- denota la estrecha asociación entre esta fiesta y lo alimentario. Comidas de la familia extensa, petición de viandas por las casas. La inmediatez de la subsiguiente y austera Cuaresma, donde las restricciones eclesiásticas imponen la abstinencia de comer carne convierte al tiempo de Carnaval en su antítesis, en un periodo del calendario popular caracterizado por los excesos de comida y bebida, propiciados por la comensalía festiva. Si el ciclo litúrgico impone la despedida gozosa a las carnes, el tiempo profano de una sociedad rural predispone al aprovechamiento de los recursos nutricios de la matanza del cerdo, tras una prolongada carestía invernal. La parte de la población que puede se alimenta de forma desproporcionada.
En un banquete colectivo alegre y bullicioso, que pone punto final a los excesos de la lujuria, a los que sigue un periodo cuaresmal caracterizado por las restricciones y la abstinencia.
Esta ingesta festiva se efectúa de forma comunitaria, contribuyendo la comensalía vecinal a reforzar las relaciones intergrupales y comunitarias, compartiendo productos de la matanza. El Carnaval, en las zonas rurales del ámbito atlántico, es un tiempo festivo caracterizado por la comensalía propia de la casa, de las comidas familiares. Esto no constituye impedimento para que grupos de niños y de mozos organicen cuestaciones de viandas, entrelazando casas y grupos domésticos de su vecindario en torno al referente comensalístico, y reforzando sus propios vínculos en torno a la comida o cena efectuada con los productos obtenidos. El Carnaval es la primera fiesta popular celebrada tras la matanza del cerdo, fundamento de la aportación cárnica a la dieta anual, en una economía doméstica de subsistencia. Esta posibilidad temporal convirtió al cerdo en el rey gastronómico de las carnestolendas y, más en concreto, de alguno de los productos de su matanza. El cerdo, junto al gallo, representa la carnalidad propia de los festejos carnavalescos. Entre los postres predomina la repostería doméstica, dulce complemento a la recia comida de Carnaval: filloas gallegas, fayuelas asturianas, tostadas o torrijas vascas. Su consumo, al igual que el de los productos porcinos, también se efectuó a nivel doméstico. Otras viandas, como huevos, chorizos o longanizas producidas por el caserío y fruto de su trabajo doméstico, son ofrecidas por el vecindario a los citados grupos para el ritual festivo, como expresión de cordialidad y de integración.
Los grupos domésticos rurales de Barakaldo, como los de su entorno, guardaban las patas, morros y orejas del cerdo para comerlos “en salsa vizcaína” durante los días de Carnaval. Pero quizás el elemento característico de la comensalía ritual fueron las tostadas de pan de fote o gallofa. Una vez hervida leche con canela y azúcar, se echaban a remojar en ella el pan en trozos; ya empapadas, se envolvían en yema de huevo, friéndose en sartén con manteca de cerdo y/o mantequilla; espolvoreándolas por último con canela en polvo, una vez fritas. Otros alimentos característicos de las carnestolendas rurales o urbanas, aunque menos habituales fueron el queso fresco, arroz con leche, cordero asado o guisado, bacalao y besugo.
Cuestaciones, banquetes y viandas carnavalescas asumen marcada connotación ritual y de sociabilidad comunitaria. El banquete festivo es la culminación ritual de un periodo marcado por los excesos, la desinhibición y la alegría que propicia la efervescencia colectiva. Clímax distendido y abierto que se obtiene mediante los excesos en la comida y la bebida, pero también por los vínculos de la sociabilidad reforzados en torno a la mesa: la conversación desinhibida, los chistes y la risa festiva.
José Ignacio Homobono Martínez
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