COROS DE SANTA ÁGUEDA. BARAKALDO Y SU ENTORNO (II)
- EL GRUPO PARA EL RITUAL FESTIVO Y SU ÁMBITO DE ACTUACIÓN
Cada coro está integrado por una cuadrilla de jóvenes del barrio respectivo, “muchachos o chicos mayores”. Todos ellos solteros. A partir de los 15 años y hasta la edad de contraer matrimonio. Quizás la única excepción la constituye, a comienzos del siglo XX precisamente el grupo de Irauregi-Alonsotegi, puesto que en el barrio binuclear de referencia el permiso lo solicitaba un quinto, que escogía al resto de los chicos componentes del coro, de los cuales se constituía en responsable; pero, ya para 1925 también aquí son los jóvenes solteros quienes salen de cuestación la víspera de Santa Águeda.
El número de componentes fue variable, dependiendo del potencial demográfico de cada barrio, pero sobre todo, del tamaño de la cuadrilla promotora. La “reunión de amigos” y vecinos de Alonsotegi que solicita permiso para cantar en 1902 consta de seis personas jóvenes. Es un “grupo de quince á veinte individuos” el que canta a Santa Águeda en el barrio de San Bizente durante 1918 y 1919. El grupo que recorría las calles de Kastrexana y Alonsotegi en 1924 estaba compuesto por “unos veinte cantantes”. Una veintena de jóvenes forma el grupo que postula por la zona urbana de Rágeta entre 1916 y 1919. El grupo liderado por Emilio Martínez Zaballa, de 21 años, uno de los dos que entonaban canciones alusivas a la festividad en el Retuerto de 1916, estaba formado por ocho jóvenes. El que obtiene autorización para Alonsotegi-Irauregi lo integran 11 personas en 1925 y 16 en 1930, pero es preciso tener en cuenta que se dividía en sendos coros. Cabe deducir que cada coro está compuesto por un número de componentes comprendido entre los 5 y los 8 jóvenes. Cada grupo asume como ámbito de cuestación el del propio vecindario, a título de exclusividad, y tratando de evitar la intromisión de coros procedentes de otras barriadas, suscitándose incidentes cuando así sucede, especialmente en la zona liminal interpolada entre dos barrios. Así sucedió con la barriada de Gorostiza, tradicionalmente adscrita al barrio de El Regato, pero vinculada a Retuerto por su mayor proximidad a este núcleo, así como por su pertenencia finisecular a los distritos escolar y parroquial de éste. Uno de los coros de Retuerto obtiene, para 1917, la inclusión en su ámbito de postulación de las barriadas de Mesperuza y Gorostiza, “puesto que muchos de sus componentes son vecinos de las mismas” . En esta zona cantaban, habitualmente, los coros tanto de Retuerto como de El Regato. Uno y otro “andaban jugándose la pieza”, y había sisco (cisco) cuando se topaban (A. E. U.). También los grupos de Kastrexana y Alonsotegi discutieron acerca de a quién correspondía cantar en las casas de Artigas, zona jurisdiccionalmente bilbaína, pero aneja al segundo de estos barrios.
Cada coro defendió celosamente su ámbito y el Ayuntamiento con ánimo de evitar posibles pendencias, concedía tradicionalmente un único permiso para cada barrio. Un año, el grupo de Kastrexana solicitó permiso al “monopolista” o concesionario de Alonsotegi para salir a cantar Santa Águeda, con objeto de obtener fondos para su rondalla de Carnaval. Éste se lo concedió, a título excepcional, cantando los de Kastrexana por todo Irauregi -comprendida su propia barriada- y los de Alonsotegi únicamente en la zona restringida de su barrio. Cuando, en 1932, sean excepcionalmente dos los coros autorizados para cantar en Alonsotegi-Irauregi, una reunión posterior a las cuestaciones de ambos coros, tratará de restituir el consenso precedente a esta anómica situación derivada de la ruptura de la tradicional exclusividad territorial.
Esta pretensión de exclusividad se hará extensiva a los coros societarios de épocas subsiguientes. Al menos entre 1916 y 1930, el Ayuntamiento deslinda las zonas del casco urbano a recorrer por cada grupo. El primero de los años citados autoriza a todos los grupos que han solicitado permiso para cantar en El Desierto, a hacerlo en las calles que comprende este distrito, más los de Fueros y Arrandi, formalmente aún en Landaburu; pero organizando los recorridos en dos zonas, cuyo límite es el ferrocarril de la Compañía Franco-Belga; de forma que sus horarios no sean simultáneos. En 1915 deslinda las zonas potencialmente conflictivas, asignando a uno de los grupos Burtzeña más los barrios de Cruces (Gurutzeta) y Llano como ámbito; y la barriada de Retuerto dividida en dos zonas.
4.1. De la Dictadura a la Guerra Civil
El bienio 1926-1927 es extremadamente formalista, redistribuyendo el Ayuntamiento los ámbitos demandados en la solicitud correspondiente. Se concede al coro de Alonsotegi permiso para cantar solamente en este barrio, y no en el de Irauregi; al de Burtzeña a prescindir de su vecino barrio de Lutxana. Finalmente, en 1927, se desestima la petición de Baltasar Amézaga para Burtzeña: “[…] en razón á que, habiéndose autorizado a la Entidad Burceña F. C. para la postulación indicada, no es conveniente la actuación de dos grupos en un mismo barrio” (A. M. B.: B.6.2.-1-52). El casco urbano es deslindado estos dos años de referencia, asignando un recorrido exclusivo y diferente a cada una de las asociaciones deportivas solicitantes. Este casco, extendido por un área mayor, pasa a denominarse simplemente Barakaldo, absorbiendo los precedentes núcleos de El Desierto, Rágeta, Beurgo-Bagaza, Zaballa y Landaburu.
La autorización al Euzkotarra Club, para 1927 y 1930, se hace con la explícita advertencia de que le queda “prohibido el paso por la calle de S. Juan y por cualquier otra de las asignadas al Presidente de la Sdad. Tradicionalista”. La solicitud de la sanbizendarra Unión Sport, de 1935, tras enumerar las calles del ámbito solicitado especifica: “Como esta Sdad. ha venido cantando todos los años las referidas calles, le agradecemos nos autorice solamente a nosotros a fin de que no ocurra incidente alguno con otra Sdad., que bien podía ocurrir si otra Sdad. cantase en este barrio y nosotros no podemos
evitar”. Los recorridos de los coros, visitando casa por casa de su propio barrio, delimitan el ámbito de identificación vecinal, el territorio que comparte unas relaciones de vecindad efectivas, incluso más allá de las demarcaciones administrativas.
Un caso peculiar es el de los coros de Kastrexana, en primer lugar porque en el somo de Santa Águeda se asienta la ermita de su mismo nombre, advocación referencial de la fiesta y donde costean estos agregados juveniles de Barakaldo y Alonsotegi su misa respectiva. Pero la singularidad de este barrio deriva de su emergente población industrial, cuyas relaciones de vecindad se extienden a ambas orillas del Kadagua, ignorando su respectiva adscripción a sendas jurisdicciones municipales como las de Barakaldo y Bilbao.
Dada la extensión del ámbito a recorrer, el grupo para el ritual se divide en dos coros a efectos operativos, aunque comparten la recaudación y los destinos de la misma.
Los grupos corales emanados de asociaciones recreativas, deportivas y políticas se incardinan en otro tipo de sociabilidades más formalizadas, y expresan identidades asociativas, políticas y étnicas según los casos. Los coros de Santa Águeda de los años veinte y treinta reflejan el significativo tránsito a la modernización que ha experimentado la sociedad local barakaldarra, donde fórmulas asociativas articulan la sociabilidad, sin que por ello hayan desaparecido los tradicionales agregados sociales, como la cuadrilla de jóvenes varones, que hunde sus raíces en los vínculos comunitarios de etapas precedentes. Sin embargo, podemos distinguir dos fases: la correspondiente a la Dictadura y sus secuelas (1923-1931) y la propia del periodo republicano (1932-1936).
Más de la mitad (53,4%) de los 118 coros de Santa Águeda de la que tenemos noticia para este periodo (1924-1936) corresponden a sendas asociaciones, proporción que se incrementaría si consideramos que durante los periodos donde la libertad de expresión se ve más restringida, muchos de estos colectivos no confiesan su vinculación con el ámbito político, enmascarándose como grupos deportivos. En la capitalidad de El Desierto la práctica totalidad de los coros pertenecen a este tipo, así como todos aquellos que no explicitan su referente territorial pero que, sin duda, tienen su domicilio social en la misma. La proporción de coros de asociaciones es, asimismo, muy elevada, en barrios con alto grado de urbanización, como: Burtzeña-Cruces (58,8%), Lutxana (85,7%) y San Bizente (60,0%).
La mayoría de los coros de referencia, un total de 32 (62,7%) sobre 51 se vinculan al ámbito político; y de ellas casi todas (26) de ideología nacionalista; otros 16 (31,4%) proceden del ámbito deportivo, aunque en parte se trate de colectivos de referente nacionalista u otro; tan solo dos (3,9%) corresponden a asociaciones religiosas y una (1932) a una de socorros mutuos.
La salida a escena de colectivos societarios, en particular de las agrupaciones políticas nacionalistas, implica la introducción de motivaciones que desbordan la tradicional postulación juvenil con fines identificadores, e incluso la recaudación es destinada ahora a fines benéficos u organizativos. Hasta aquí, las solicitudes hacían referencia al carácter de costumbre antigua tradicional de los coros, sin ulteriores valoraciones. La cuadrilla de amigos de San Bizente saldrá en 1916 a “cantar estrofas vascas”. La Juventud Vasca de Barakaldo se propone, en 1917, “trabajar por la restauración de los tradicionales cantos populares vascos”. El coro de Burtzeña y Lutxana manifiesta, en 1924, su objetivo de “mantener los buenos usos y costumbres de nuestra vieja tierra”.
Algunos de estos coros societarios nacionalistas son muy numerosos, a juzgar por las noticias de etapas precedentes, ofreciendo su estratificación por edad y sexo una neta desviación con respecto al tipo ideal de cuadrilla juvenil. El de la Sociedad Euskalduna lo integran 39 niños en 1917, y el que prepara ese mismo año la Juventud Vasca de Barakaldo por unos 150 niños de ambos sexos.
Pero la verdadera eclosión de los coros nacionalistas se produce durante los años de la República. Dentro de este ámbito, la hegemonía organizadora corresponde al sector jeltzale y, en particular, a sus batzokis o centros sociales de Barakaldo y de sus barrios. También Acción Nacionalista Vasca, a través de las sedes sociales de barrio, contribuye significativamente a organizar coros de Santa Águeda.
Otro colectivo político vinculado a este ritual festivo es el de la Sociedad Tradicionalista, cuyo coro recorre las calles barakaldarras en seis ocasiones diferentes. Durante la Dictadura los clubs deportivos solían enmascarar al movimiento político nacionalista -cuya actividad pública estaba explícitamente prohibida- y/o tradicionalista. Además sale algún colectivo católico u obrero.
Persisten, durante la Dictadura los grupos juveniles de Barakaldo y de su orla periurbana. Pertenecen a esta tipología todos los coros de los barrios más alejados: Retuerto, El Regato, Kastrexana e Irauregi-Alonsotegi, estos últimos en conjunto, e incluso sobreviven
a la eclosión asociativa republicana. Además, la difícil coyuntura económica hace que otros tres agregados juveniles se autodenominen como de parados.
En cualquier caso, la mayor parte de las solicitudes se formulan genéricamente para cantar durante la tarde y/o noche del 4 al 5 de febrero. Las autorizaciones municipales del periodo republicano se expiden “a condición de que dicha postulación la den por terminada a la una de la madrugada”. Una vez obtenida la pertinente licencia, cada grupo efectuaba su ronda coral por el vecindario respectivo, al atardecer del 4 de febrero, víspera de la festividad litúrgica de Santa Águeda, si bien su duración se adecuaba a la extensión del respectivo ámbito a recorrer.
Dada su pertenencia al propio ámbito del santuario, al grupo de Santa Águeda-Kastrexana le correspondió cantar durante la misa celebrada, el día de la festividad, en la ermita de esta advocación, con sus integrantes sin haber dormido tras su prolongado recorrido.
La salida de cada cuadrilla solía efectuarse a partir de algún punto significativo del barrio: pórtico de la iglesia, ermita, plaza o local de la asociación promotora, el batzoki en el caso de los dos grupos de Kastrexana. Recorrían todas las casas y caseríos del propio ámbito o vecindario, cantando ante cada una de ellas o por pequeños segmentos de calle en las zonas urbanas. Secuencia de la postulación efectuada de acuerdo con la particular situación de cada grupo doméstico. Lo habitual era cantar el pequeño repertorio de estrofas tradicionales, propias de cada barrio o zona. Hacia 1913, el coro de Alonsotegi mencionaba por su nombre a la chica casadera de la casa respectiva, si la había, en los
versos finales. Por el contrario, en la casa donde había fallecido alguien recientemente, no se cantaba, sino que se rezaba un responso.
Los componentes del grupo recibían un donativo, en especie o en metálico, a cambio de sus cantos, a cuyo efecto iban provistos de una cesta y de una bolsa. Este donativo consistía en los mismos productos comestibles de otras cuestaciones invernales: chorizos y huevos, que recibían en los caseríos, así como en las viviendas periurbanas que efectuaban matanza y/o tenías aves de corral, como sucedía en algunas de Bituritxa. También dinero, única dádiva en el ámbito urbano, pero recibido asimismo en barrios rurales como Gorostiza y Saratxo. El barrio de Arraiz, de microeconomía mixta entre minera y ganadera, fue particularmente generoso para con los cantores de Santa Águeda procedentes de Kastrexana. Hacia 1929, y además de las viandas consabidas, recibían un “duro” (5 pesetas) por cada casa y alguno de los vecinos llenaba la ya exhausta bota de vino del coro visitante. Cuando el grupo estimaba que la dádiva obtenida no era suficiente para promover su posterior comida festiva, efectuaban alguna incursión en los corrales del vecindario; rapiña consentida por éste como los consuetudinarios desmanes de los mozos en fiestas como San Juan o Carnaval. Así los del grupo de Alonsotegi algún año (en torno a 1913) robaron pollitos en los caseríos visitado
Una vez costeada la misa en el santuario y satisfecho el impuesto municipal, el resto del dinero recaudado y las viandas obtenidas lo destinaban las cuadrillas tradicionales de mozos para llevar a cabo una merienda o cena al día o domingo siguientes al de la cuestación.
La única, aunque elocuente, manifestación explícita del propósito y destino del producto de la cuestación es la incluida en la solicitud de El Regato para 1918: “[…] siguiendo la costumbre tradicional de que los jóvenes festejen en un día a su Patrona Santa Agueda para lo cual es costumbre postular y con las cantidades obtenidas de la postulacion cubrir los gastos para el citado objeto […]. Cuatro de los nueve coros de 1924 contestan a la pregunta del municipio sobre el destino de la recaudación, incluyendo la cena de sus componentes. Esta se celebraba en casa de alguno de los componentes del coro, como en Gorostiza o en Alonsotegi; otro marco habitual fue la taberna del barrio, como la “tienda de Ángel” en Bituritxa; pero ya durante los tiempos de preguerra, los jóvenes de Kastrexana, barrio liminal pero captado por la órbita de la influyente capital, ya que se celebraba en un restaurante de la bilbaína calle Somera.
Por cierto que, la atípica concurrencia de este coro societario motiva una reunión con el que recorre la orilla barakaldarra, con objeto de llegar a un acuerdo sobre el destino de lo recaudado.
Reunión que se celebra en el cine local, el día 25 de febrero y a las 9 h. de la noche. La mitad de las 500 pesetas recaudadas conjunta mente se destinan a los obreros parados de Solidaridad de Obreros Vascos, y la otra mitad a la Sociedad de Socorros Mutuos, para sus “fines benéficos”.
En la etapa anterior, si la generosidad de sus convecinos había posibilitado algún excedente, la ronda juvenil lo destinaba a finalidades lúdicas propias de su edad y estado. En este contexto no había donativos benéficos, aunque sí formas tradicionales de solidaridad con las personas necesitadas del barrio, como el “trabajo a donación”.
A medida que la sociedad local barakaldarra se hace más compleja la cuantía de la cuestación y su destino se van diversificando. En 1924 los dos grupos criptonacionalistas que cantan en los barrios de Lutxana y Burtzeña destinan su excedente al “Ropero Vasco”; y el Sporting Club lutxanatarra para “socorrer a unas familias cuyos hijos se marchan al servicio militar”, y los restantes genéricamente a fines benéficos o familias necesitadas del barrio. Dos entidades deportivas, el Sporting Club de Lutxana y el Euzkotarra Club de El Desierto exponen, en 1927, que el producto de la postulación lo destinarán a las necesidades de su propia asociación. El coro del Batzoki recauda, en 1936, un total de 506 pesetas. Grupos vecinales de escaso grado de formalización, pero cohesionados en torno a la iglesia, y sobre todo los coros de referente asociativo van manifestando su voluntad explícita de destinar parte de lo recaudado a fines sociales, propios o caritativos.
En años subsiguientes, va resultando frecuente que los coros de la zona del Kadagua destinen su recaudación a fines benéficos, en un contexto de paro y de proliferación de los presos políticos. El politizado periodo republicano implica una verdadera eclosión asociativa, a nivel local, del movimiento nacionalista, muchas de cuyas agrupaciones organizan coros de Santa Águeda contribuyen a subvencionar actividades benéficas de su propio ámbito. En 1931 el Batzoki Burceñatarra, que afirma venir organizando coros de Santa Águeda desde hace más de quince años, dice que éstos “recogerán también algunos fondos para cubrir las atenciones benéficas del “Ropero Vasco” y “Junta de Socorros de Ntra. Sra. de Begoña”, como lo ha venido haciendo, invariablemente, desde la fundación de sus precitados coros”. En 1932, este Batzoki se propone postular para fines benéficos y culturales, mientras que la Sociedad de Socorros Mutuos Obreros de Alonsotegi efectúa su cuestación con objeto de recaudar fondos para sus fines sociales. Y es que, a partir de este año, la difícil coyuntura económica impone su férrea ley a esta cuestación tradicional en vías de franca modernización, con el consiguiente destino de la recaudación a los obreros parados, de la propia asociación o del barrio.
Muchos de estos improvisados coros moceriles efectuaban ensayos previos a su actuación pública. El de San Bizente, en 1923, en el bar-tienda de Policarpo de Barañano como otros en años subsiguientes en diversas tabernas o txakolíes. En 1935, tras la Revolución de Octubre, cuando los rigores del control al que son sometidos por las autoridades responsables del orden público parecen hacerlo aconsejable, algunos de ellos hacen extensiva la solicitud de autorización a los referidos ensayos. Cabe suponer que los tradicionales grupos de mozos utilizarían al efecto locales como la taberna de su respectivo barrio, así como la propia sede social los correspondientes al ámbito asociativo.
Un simple palo o makilla sirvió como único instrumento, por excelencia, para acompasar la canción entonada por las recias voces varoniles. A título de excepción, el grupo de Alonsotegi utilizó, en 1902, como acompañamiento “música de cuerda”, al modo de las rondallas de la época. Nuevamente será este grupo, en 1917, el que solicita permiso “para salir con una rondalla por los barrios de Irauregui y Alonsótegui”. Los mozos de Zamundi iban acompañados por un acordeonista, sirviéndose además de unos “hierrillos” como sencillo acompañamiento rítmico. También los coros de Santa Águeda del Barakaldo´ko Euzko Batzokija salieron el 4 de febrero de 1936 acompañados por un
acordeón.
La indumentaria de los componentes de los coros no tuvo, inicialmente, nada de particular, puesto que salían vestidos con las prendas cotidianas propias de su condición social y edad. Algunos grupos salían incluso algo “endomingados”. Tan sólo progresivamente y a medida que vayan apareciendo en escena los coros procedentes de agrupaciones nacionalista harán su aparición las “txapelas”, fajas, blusas y abarcas; prendas asimiladas al estereotipo ruralizante de atuendo “vasco”.
Cuando la coyuntura política lo permite, algunos de estos colectivos explicitan sus motivaciones extraeconómicas al formular la solicitud. El representante del coro de Santa Águeda de El Regato expone en 1932, su propósito de que siga “esta costumbre tradicional antiquísima”, en parecidos términos a como lo hace el grupo de parados de este barrio en 1936. Recurso a la tradición que asume un perfil de identificación étnica para el Batzoki Burtzeñatarra, cuyo coro pretende “mantener esta vieja costumbre euzkadiana”, que pretende velar por la “pureza de nuestras patriarcales costumbres”.
Pero la declaración más explícita de intenciones corresponde a este mismo batzoki en 1931; tras poner de manifiesto su intención de mantener esta vieja costumbre “[…] que algunos desaprensivos iban convirtiendo en escandalosa francachela […]”, aclara sus referentes ideológicos, como son los de: “no solo recuperar los imprescriptibles derechos históricos del Pueblo Vasco, sino de restablecer también los buenos usos y costumbres perdidas, y velar por las que aún subsisten y se conservan con el debido decoro”.
Además de estas declaraciones explícitas, la propia introducción progresiva de la versión del Agate Deuna evidencia, de forma implícita, la utilización de referentes de la cultura tradicional con el fin de suscitar construcción nacional. El diario Euzkadi subraya que
en febrero de 1936 se reunieron 150 cantantes -de todas las edades- del Barakaldo´ko Euzko Batzokija, con inclusión de una veintena de mujeres, que recaudaron 506 pesetas, apuntando “el gran bien que produce a la causa vasca este llenar las calles de ambiente vasco, principalmente en pueblos que, como el nuestro, están tan faltos de ello”.
Durante esta tercera etapa, y a instancias de las motivaciones precitadas, el que antaño fuera un simple ritual de sociabilidad moceril adquiere un vigor insospechado, especialmente durante el periodo republicano; debido a sus nuevas motivaciones y fórmulas organizativas. Son una media de nueve coros los que anualmente recorren calles y estradas de todo el término municipal barakaldarra, ahora con predominio del ámbito urbano, sede de la mayor parte de las asociaciones. Destaca la capitalidad de Barakaldo, con un total de 25 coros, pero también los pequeños núcleos periurbanos de San Bizente, Lutxana y Burtzeña-Cruces (Gurutzeta). También los barrios de Alonsotegi e Irauregi, cuyos grupos se dividen a menudo en sendos coros que recorren ambos barrios, y el de Kastrexana, que va adquiriendo su propia entidad, aún no desgajada por completo de su barrio matriz de Irauregi. Pero también Retuerto y El Regato son recorridos por los coros de Santa Águeda. Esta cuestación, a caballo entre la tradicional y sus adaptaciones a la modernidad, presenta una implantación más intensa y uniforme que las ya decadentes de aguilandos y carrascoliendas.
La coyuntura económica también se revela como una variable interviniente en este ritual festivo. Si bien buena parte de la recaudación de estos años se destina a los parados, son éstos quienes directamente organizan algunos coros. Pero el factor de agregación nuclear de los coros de Santa Águeda continúa siendo el juvenil. Son 22 las solicitudes (18,6%) que, explícitamente se formulan en nombre de un grupo de jóvenes del barrio respectivo; y cabe suponer, por los datos orales de mis informantes, que pertenecen a esta tipología la práctica totalidad de los coros de referente asociativo.
También es el referente juvenil quien estructura los coros societarios, puesto que 12 solicitudes (12,2 % de asociaciones) tiene como destinatario al estamento juvenil de las mismas.
La Guerra Civil marca imperativamente el ritual festivo, imponiendo unas características de excepcionalidad que afectan a todos y cada uno de sus referentes. Es el 5 de febrero de 1937, durante el día y no su noche de víspera, cuando un grupo integrado por gudaris
sale a cantar por las calles barakaldarras. Al compás de la música tradicional golpean el suelo con las culatas de sus fusiles, cantando en castellano unas estrofas dedicadas al Konsomol, barco soviético que fue hundido cuando transportaba víveres y armamento para los republicanos.
“Este barco tan famoso,
lo tenemos que poner,
en la historia consagrada,
para que nadie se olvide de él”.
La derrota militar, y la subsiguiente represión, impidieron el propósito del coro de incorporar este acto a la memoria colectiva. Más aún, durante casi una década el Régimen impedirá que las voces de los coros de Santa Águeda se escuchen en el ámbito barakaldarra.
José Ignacio Homobono Martínez
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