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Vida social del proletariado vasco 2ª mitad del XIX (I)

Vida social del proletariado vasco 2ª mitad del XIX (I)

INTRODUCCION

LA FORMACION HISTORICA DE LA SOCIEDAD ACTUAL

El desarrollo de una clase social que se sitúa desde mediados del S. XIX a la cabeza del desarrollo económico del Paí­s Vasco, fue sin duda resultado de una serie de secuencias históricas que culminan alrededor del final de las guerras carlistas y del proceso unificador del periodo siguiente.

Todo un conjunto de hechos y sucesos socioeconómicos, conocidos bajo la denominación genérica de industrialización, fueron los que dieron al Paí­s Vasco su actual significación, constituyendo sin duda el fenómeno histórico de mayores proporciones en todo el periodo contemporáneo. La secuencia de efectos que provocarí­a, superaron el ámbito de lo económico, al desbordarse ampliamente en los campos demográficos, urbaní­stico, sociológico y polí­tico, sin olvidar sus influencias derivadas en lo cultural, lingí¼í­stico…………

La fuerte dependencia entre el proceso industrias y las condiciones polí­ticas en que se produjo tiene su factor explicativo en la participación activa de los aspectos de esta industrialización (obreros y empresarios) como protagonistas de la vida pública de nuestro paí­s desde el mismo punto de partida de la fase de transformación. En la misma encrucijada histórica desaparecieron los vestigios más anacrónicos del viejo sistema foral y emergieron dos clases sociales que, desde entonces, no han dejado de ostentar  las riendas del poder y la contestación. Serí­a esta dinámica social la que sirviera de base, de desafí­o y aliciente para toda la construcción histórica que ha desembocado en el Paí­s Vasco actual.

En las últimas décadas del S. XIX junto al despliegue industrial, las mayores empresas crearon cooperativas de consumo con el objeto de suministrar alimentos y artí­culos de primera necesidad a las familias obreras a precios inferiores a los del mercado, y de luchar contras las alzas salariales y las huelgas reivindicativas. La argumentación de la patronal sobre las cooperativas de consumo era que creando cooperativas de consumo para sus obreros evitaban el aumento salarial, pues solo traerí­a consigo un encarecimiento de la vida y la crisis consiguiente del trabajo, mientras que con las cooperativas de consumo se puede aliviar la suerte de los obreros proporcionándoles alimentos a mayor baratura, eliminando de esta forma a los intermediarios (tenderos).

Unas subsistencias caras tení­an que afectar a los salarios y, por lo tanto al precio final de los artí­culos industriales y los beneficios. Todo aumento salarial supondrí­a un encarecimiento de la vida y la crisis consiguiente de trabajo. Para luchar contra esta realidad, los empresarios, las cooperativas de consumo, con la misión de proporcionar a los trabajadores “alimentos a mayor baratura”.

En sí­ntesis, el doble frente en el que se iba a desenvolver la nueva industria vasca, estaba condicionado por el atraso económico de España, cuya agricultura tanto a nivel de los rendimientos como de la producción habí­a cambiado muy poco respecto del S. XVIII, y por la hegemoní­a que la burguesí­a agraria tení­a del Estado.

La carestí­a era más bien un producto de la estructura del sistema fiscal que repercutí­a sobre los precios, y de la estructura agraria que el arancel protector.

La reforma agraria liberal (1836-70), que cambio el régimen de propiedad al suprimirse la feudal por la propiedad privada y capitalista de la tierra, afecto en cambio muy poco a la estructura productiva (cultivos, técnica, rendimiento del suelo y productividad), que vario poco con relación al Antiguo Régimen. Los rendimientos siguieron siendo muy bajos oscilando la producción del trigo hectárea, entre 6-9 quintales.

Los continuas subidas de los precios necesariamente repercutí­a sobre los salarios y el nivel de consumo de los trabajadores; por lo tanto el obrero se debatí­a por salir del cí­rculo infernal y antagónico de salarios, bajos, pues los salarios eran de los más bajos europeos, y subsistencias caras, de la más cara de Europa.

Todo esto repercutí­a sobre los salarios, el movimiento obrero, y, en última instancia, sobre el precio de producción de los artí­culos industriales y sobre la capacidad de consumo de manufacturas por los asalariados, que tendió a reducirse a la mí­nima expresión. Ni los asalariados, ni el campesinado jugaron un papel básico, como consumidores, en la formación del mercado, lo que hubiera estimulado sin lugar a dudas el desarrollo industrial de España; tampoco fueron sustituidos por otras clases y grupos sociales, creadores de una demanda suficiente, capaz de potenciar la industrialización.

LAS COOPERATIVAS DE CONSUMO

Los salarios jugaban un papel importante en la composición del precio de producción. En 1890 el coste de mano de obra equivalí­a alrededor del 41,8% del precio de producción de la tonelada de chapa de acero Martí­n Siemens y alrededor del 53,8% de la tonelada de barras de hierro. Un incremento de los salarios suponí­a automáticamente una elevación importante de las costas y una dimensión de los beneficios si no se producí­an alteraciones en los precios, o una pérdida de competitividad.

Todo aumento salarial traerí­a un encarecimiento de la vida y la crisis consiguiente del trabajo siendo la misión de los empresarios la de aliviar la suerte de los trabajadores proporcionándoles alimentos a mayor baratura… Este alivio, llegarí­a a través de las cooperativas de consumo.

Las cooperativas vendí­an toda clase de artí­culos incluso enseres de cocina, de modo que se proveen en la misma de gran parte de lo necesario para la vida.

Hasta 1898, las mercancí­as vendidas por las cooperativas lo integraban: granos, legumbres, bebidas, ropa, alpargatas, oscilando el consumo medio por socio alrededor de las 600 pts.; consumo que superaba las 1.600 pts. en 1.908.

Las cooperativas de consumo, que van a ser una de las caracterí­sticas de la industrialización vasca, se generalizaron por la geografí­a del Paí­s Vasco.

El antagonismo, precios de subsistencia/salarios y la estrechez del mercado interior, productos de una estructura agraria subdesarrollada (de bajos rendimientos y productividad), en la que la burguesí­a agraria era el grupo hegemónico de la clase dominante (La burguesí­a), la cual a través del control del Poder traslado la presión fiscal fundamentalmente hacia campesinos y consumidores, por, lo cual gracias al impuesto de consumos, siendo los más pobres de Europa, se comí­a el pan más caro de todo el mundo, obligó a la gran empresa vasca a solventar dicho antagonismo a través de la creación de cooperativas de consumo.

Estas se plantearon como un instrumento contra la carestí­a y el alza de los salarios, e indirectamente contra las reivindicaciones y las huelgas obreras que podí­a general dicha situación, a la par que favorecí­a la integración de los obreros industriales en los valores de la nueva sociedad capitalista (accionistas, beneficios, etc…) y la división entre los obreros industriales y los mineros.

La fundación de las cooperativas de consumo por las empresas siderometalúrgicas y otras estuvo estrechamente vinculada con la polí­tica de costas. Estas empresas, desde su fundación, se encontraron que tení­an que competir con otras mucho más arraigadas, como las asturianas, o con los productos extranjeros, pues todaví­a, en los primeros años de su creación, los aranceles no lo eran lo suficientemente proteccionistas como para garantizarles el mercado interior.

Los salarios que representaban su porcentaje elevado de los costos de las empresas eran el único componente del costo sobre el que podí­a actual el empresario. No es de extrañar que este intentase estabilizarlos, y al mí­nimo, si era posible, pues unos salarios estables los permitirí­an controlar más eficazmente las fluctuaciones de los costos, ya que los precios de las materias primas y de la tecnologí­a eran iguales para todas las empresas.

LA CUESTION DE LA VIVIENDA: LOS ALQUILERES

El intenso crecimiento demográfico que se registro en la Rí­a, lo que es actualmente el Gran Bilbao, en el último tercio del siglo XIX, vino acompañado de graves problemas de habitación y de salud pública, lo que se tradujo en última instancia en una sobretasa de mortalidad en los pueblos y suburbios obreros, muy superior a la de los pueblos agrí­colas y mineros vizcaí­nos, a la de Bilbao y su casco urbano, y a la media vizcaí­na.

La falta de vivienda y los elevados alquileres, fue otra de las consecuencias del desarrollo industrial y demográfico de la zona, y que iba a repercutir sobre la población obrera y la higiene.

Los testimonios que describen la insalubridad de las viviendas y el hacinamiento de sus moradores, el azote de todo tipo de enfermedades, la explotación del obrero, el excesivo número de horas de trabajo, la deficiente alimentación se agolpan desde los primeros años de la industrialización. Se denuncia las deplorables condiciones de vida de los trabajadores, algunas clases de obreros de las fábricas y de los Altos Hornos, que la í­ndole permanente de su trabajo, tienen que trabajar necesariamente de dí­a y de noche, lo mismo los dí­as laborales que los festivos, tienen establecidos sus turnos para dormir en una misma cama, y cuando se levante el uno se acuesta el que le sustituye, pasándose largas temporadas sin que se laven sus ropas y sin que las habitaciones tengan otra ventilación que la que se produce por las rendijas de sus puertas y ventanas. Esta clase de obreros es la que presenta mayor número de enfermedades contagiosas, principalmente de las tifoideas, originadas por los venenos morbosos que satura la confinada atmosfera de sus sucias y oscuras habitaciones.

El albergue obrero adolece de estrechez, no es confortable, no tiene condiciones de convivencia, es una habitación dividida en dormitorios.

Algunas de las denuncias fueron hechas con la único y pragmática finalidad de convencer a la clase empresarial de que un obrero sano proporcionaba más rendimiento que un obrero enfermo.

La explotación intensiva de las minas, la puesta en marcha de las fábricas y talleres siderúrgicos, la instalación de ferrocarriles…. requerí­a mano de obra abundante. Los jornaleros del campo, ante un salario fijo no lo dudaron, hicieron un petate y se presentaron en las urbes-industriales en busca de un empleo remunerado. La propagación del cólera de marzo de 1.885 evidenció la miseria, el hacinamiento, y la escasa, cuando no nula, salubridad  de muchos de los barrios más densamente poblados del municipio.

La epidemia supuso una primera toma de conciencia por parte de las autoridades concejiles, dispuestas en arbitrar medidas que erradicasen el contagio e impidiesen el desarrollo de futuros brotes.

Debido a esto se nombre una Junta de Sanidad y un inspector por cada barriada. A pesar de que el presidente honorario de la misma era el director del ferrocarril de la compañí­a Orconera y de que la mayorí­a de sus miembros eran a su vez los propietarios de muchas de estas viviendas no se puede obviar las deplorables condiciones de habitabilidad que sufrí­a la clase trabajadora.

El número de familias que afrontaban la excesiva renta de alquiler con el recurso del pupilaje ascendí­a al 62,2%. Los casos más frecuentes eran los de matrimonios con dos hijos que alojaban a cuatro realquilados compartiendo unos y otros dos alcobas y una sola cocina. La Junta de Sanidad señala cómo muchas de las viviendas carecí­an de excusados y lavaderos. Algunas, incluso, son denominadas como cortijos, barras y cuadras. Serán estas las primeras en recibir la orden de demolición.

La situación de una barriada en 1.889 era escandalosa, sobre todo antihigiénica, la aglomeración de habitantes en las casas por la escasez y carestí­a de las viviendas. Los primeros arrendatarios alquilan por ejemplo una habitación por veinte pesetas al mes y por no poder satisfacerlos admiten dos o más posaderos o uno o dos matrimonios. A los primeros les cobras mensualmente dos duros, por cuidarles, la comida, la ropa y darles cama, con los segundos comparten de tres o cuatro piezas pequeñas en donde viven diez, doce y más seres vivientes. Como consecuencia los barrios están infectados de viruela, difteria y otras enfermedades infecciosas y contagiosas.

Habí­a habitaciones donde no se podí­a penetrar, por los olores fétidos y nauseabundos que despiden debido a la suciedad y la aglomeración de gentes que en ellas habitan

Los informes sobre la vivienda nos permiten desglosar las caracterí­sticas de estos edificios y asomarnos a las mí­seras condiciones de sus curadores.

Los médicos incidí­an en la idea de que a muchas de las viviendas se las habí­a concedido la licencia para habitar sin tener las habitaciones el cubo de aire necesario y otras en que si bien al concederles el permiso tení­an suficiente capacidad, posteriormente y sin previa solicitud el municipio, los propietarios las habí­an subdividido y reducido con tabiques, la consecuencia eran dormitorios que daban a patios cerrados, lóbregos y sucios donde el aislamiento del hogar domestico no existí­a y los vecinos del 2º piso respiraban los gases que se despedí­an del primero y los secretos de vida intima eran traí­dos y llevados a través de los suelos.

Aconsejaban la construcción de casas higiénicas y baratas donde el obrero por un bajo alquiler se le diera sin lujos una habitación sana y agradable. Si a esta situación deplorable de la vivienda , refugio del trabajador tras las largas y duras jornadas laborales, le añadimos el empleo cotidiano de las aguas contaminadas de los rí­os, no sólo para el lavado de la ropa sino también para el uso y aseo humano, el que las basuras se arrojen directamente a la calle ante el abandono de la municipalidad que se olvida de recogerla en los barrios más indigentes, y que los animales compartan habitación con sus dueños, estaremos desglosando las condiciones mí­seras de la vida obrera a finales de la centuria pasada.

En las fabricas y talleres de la zona fabril, la salubridad era menor que en las minas. La gran mayorí­a de pequeños talleres se hallaban situados en plantas bajas, con mucha humedad, sin ventilación, espacio, ni luz suficientes. Los servicios higiénicos eran o muy deficientes o inexistentes. En los Altos Hornos, cuyas sangrí­as producí­an atmosfera y falta de oxigeno, por la emanación de gases tóxicos, humos densos y altas temperaturas. Las condiciones eran insoportables. Los accidentes laborables eran frecuentes sobre todo en talleres metalúrgicos y carpinterí­as, más que por imprudencia, por la práctica inexistencia de dispositivos de protección, incumpliéndose de forma sistemática las disposiciones legales para su prevención.

En el año 1.886 se dictó el Reglamento de Policí­a e Higiene, en el cual se hací­a referencia a las habitaciones. Se insistí­a en los edificios no podrí­an tener más de dos pisos sobre el bajo, no permitiéndose en los dormitorios más de un individuo por cada 20 metros cúbicos de aire. Bajo ningún concepto se permití­a que estos fuesen ocupados de dí­a y de noche, salvo por enfermedad y en caso de que pudiesen contener más de ocho personas, deberí­an disponer de una ventilación constante por medio de una chimenea de tiro, siempre abierta. Las personas de sexo distinto, no podí­an ocupar el mismo cuarto, excepto los matrimonios y los padres con hijos menores de diez años, ni más de un matrimonio, debiendo establecerse siempre entre los cuartos de dormir, tabiques sólidos y a una altura conveniente. No se consideraban habitables cuevas, chozas y casas de tierra. Las de madera tendrí­an doble tabique.

Las cuadras para ganado de cerdo, caballar y vacuno tení­an que ubicarse en edificios independientes de las viviendas humanas, prohibiéndose su circulación por las calles y caminos públicos. Se reglamentaron una serie de normas conducentes a mejorar la higiene, tales como la prohibición del uso de aguas inmundas, la construcción de lavaderos municipales, la recogida sistemática de basura, la canalización de aguas sucias e inmundicias sólidas. Este reglamento de Policí­a e Higiene debí­a regir en la zona minera o fabril de los municipios de Barakaldo, Sestao, Portugalete, Santurtzi, Muskiz, Galdames, Tragaran y Abano y Ciervana.

OTRA MANIFESTACION DE LA CONFLICTIVIDAD SOCIAL: LA ALTERACION DEL ORDEN PíšBLICO

La industrialización conllevó otros fenómenos: la inadaptación de marginación de muchos de sus protagonistas unidos a la miseria, el hambre, y el trabajo embrutecedor, además de otros factores derivados de los mismos, como el llamativo incremento en el consumo de alcohol, la proliferación de lupanares y salas de juego, etc., crearon el ambiente propicio para el desarrollo de reyertas callejeras, desordenes públicos y para el aumento de las actividades delictivas.

En un principio las reclamaciones que se daban se referí­an a actos vandálicos cometidos contra las tierras de labrantí­a o robo de ganados, alborotos en las romerí­as, además de una amplia gama de transgresiones a la justicia propias de sociedades pre-industriales. Con el desarrollo de la industrialización, la apertura de los bares después de la hora reglamentaria, la blasfemia, los escándalos, la prostitución, arrojar basuras a la ví­a pública o lavar ropas en las fuentes comunitarias, serán los delitos más frecuentes.

Encontramos varias peticiones de vecinos, ante los desordenes para adquirir armas y organizar cuadrillas populares. Pensaban que la custodia de la que eran objeto por parte de los funcionarios municipales no era suficiente para defender sus personas y haciendas.

Desde principios de los ochenta, en Barakaldo, exista el anhelo constante de particulares, fabricantes y también comerciantes de ampliar  el número de empleados dedicados a la seguridad. La Fábrica de Hierro y Acero de Bilbao, denunciaron con insistencia el robo de materiales depositados en sus almacenes.

En Barakaldo en 1.887 se redactaron nuevas ordenanzas para conservar las buenas costumbres y guardar el orden, las normas eran las siguientes: “Quedaba prohibido recorrer la población cantando a partir de esa hora, así­ como todo tipo de acciones y conversiones “obscenas” que atañesen muy especialmente a la religión y las instituciones públicas. Se vedaba el estacionamiento de personas formando grupos, y jurar y conversar en las puertas, arcos o inmediaciones de la iglesia”

Aunque estaba permitido la fiesta de Carnaval, hubo años que no fue así­, no se autorizaban los disfraces o caretas que remedasen a los religiosos, militares o funcionarios de la administración.

Todos estos problemas se agudizaron lógicamente en los años o meses caracterizados por una mayor conflictividad social. Así­ sucedió durante las numerosas huelgas y conflictos laborales que jalonaron durante años.

La industrialización aparejó una serie de fenómenos que en definitiva repercutieron en un descenso significativo de la calidad de vida. De la noche a la mañana un tumultuoso enjambre de casuchas, almacenes, fábricas y tabernas fueron el marco del núcleo de habitación de mayor densidad del entorno. Las riñas nocturnas que materializaban, los impulsos violentos fueron constantes entre los trabajadores que llevaban a cabo los tendidos ferroviarios y los mineros, en su mayorí­a, hombres jóvenes y solteros. Los prostí­bulos, cita obligada los dí­as de paga, surgí­an como alternativa de “ocio” a la soledad y tensión de un trabajo embrutecedor, marco de borracheras y peleas casi constantes como sublimación de las tensiones acumuladas.

ACTIVIDADES BENEFICAS: EL PRECIO DE LA CONCIENCIA INICIATIVAS PíšBLICAS

Las Administraciones municipales tení­an el deber ineludible de prestar amparo y protección a los indigentes y desvalidos, a aquellos que por escasez de recursos, orfandad, decrepitud o dolencias crónicas carecí­an de medios de subsistencia. Sostener a los más necesitados con aportaciones en metálico, auxiliares en materia sanitaria, ofreciéndoles el pago que se ocasionase en medicinas y permanencia hospitalaria, y conceder los niños huérfanos o abandonados a las familias que los tomasen a su cargo a cambio de un sueldo estipulado de antemano, serán prácticas comunes de la beneficencia en la Edad Moderna, sin existir aún una estructura bien organizada.

La industrialización agravó la situación de las personas sin recursos y aumentó el número de indigentes. La inestabilidad en el empleo, el alza de los precios, la disminución progresiva del poder adquisitivo, el incremento de las tasas de alquiler son algunos de los males que el desarrollo industrial aparejó.

El elevado número de inmigrantes que arrancados de sus condiciones de vida habituales, no llegaron a adaptarse con la rapidez que se requerí­a a la disciplina del nuevo orden social, entenderemos cómo paulatinamente se irán engrosando las masas de mendigos ladrones y vagabundos.

El desarrollo de las industrias, de la maquinaria y de los medios de locomoción, contribuyó notablemente a aumentar el número de inválidos del trabajo. A los cada vez más numerosos mendigos e impedidos ya no serví­a el concederles el permiso de postulación o el asignarles a la beneficencia de forma arbitraria como habí­a sido durante el Antiguo Régimen. Los nuevos tiempos reclamaban una reglamentación que de acuerdo a las prescripciones  que de ella se derivasen consignarse los presupuestos de la corporación municipal.

En cuanto a los establecimientos que daban cabida a tantos desvalidos, se encontraban ante la perentoria necesidad de ampliarlos. Los expósitos, por regla general solí­an protegerlos las familias de las nodrizas u otros labriegos, los dementes de Bizkaia se encontraban en los manicomios de Valladolid y Zaragoza, los sordomudos en Burgos, en Santutxu habí­a un establecimiento de prostitutas, la casa de la Misericordia en San Mames, el Asilo de ancianos de las Hermanitas de los pobres, una asilo de huérfanos, la Casa de Beneficencia de Begoña y algunos hospicios diseminados en los pueblos del Señorí­o.

En 1.889 Pablo Alzola, como presidente de la Diputación de Bizkaia, escribió una moción en la que comprometí­a a la Administración Pública en la tarea de “extirpar la plaga de mendicidad que asolaba Bizkaia”.

INICIATIVAS PRIVADAS

Un ejemplo de iniciativa privada los encontramos en Barakaldo. Antonio Miranda tras su fallecimiento, dejo su herencia para la inversión y dotación de un asilo de ancianos pobres que se estableciera en su pueblo natal.

Se consideraba anciano a cualquiera que hubiese cumplido 55 años y demostrase además de su vecindad en el municipio, su notoria pobreza. El patronato de la institución benéfica quedaba encomendado a una junta administradora con plenas atribuciones.

Todos los servicios de alimentación, vestuario y calzado corrí­an a cargo de la fundación. El impuesto a pagar por la explotación del obrero resultaba para las grandes plantas industriales una campaña publicitaria sin apenas gravámenes.

Las prestaciones de servicios hospitalarios, escuelas, o viviendas para obreros vinculaban a estos con la fábrica bajo una simple relación de agradecimiento. Con ello pretendí­an preservarse de las huelgas y movilizaciones que la precaria situación de los trabajadores podrí­a ocasionar.

De la efectividad de estas medidas empresariales en el discurso de la polí­tica obrera, nos informe el hecho de la “ventajosa” situación de los empleados de A.H.V contribuyera al escaso arraigo inicial del socialismo en nuestro municipio.

La empresa A.H.V un año después de su fundación contaba ya con tres escuelas de instrucción primario  a las que asistí­an un total de mil lujos de los obreros empleados, dos escuelas de artes y oficios con trescientos estudiantes y dos hospitales especiales con una media de 150 personas asistidas por año. Además fue la promotora de numerosas viviendas, de muy diferente calidad, según fuesen para oficiales especializados o simples productores, sin olvidar la construcción de una capilla privada.

Será casi siempre relacionadas con huelgas en la minerí­a o el sector siderometalúrgico, cuando todo el aparato de la beneficencia alcance su máximo desarrollo.

Como conclusión general se puede asegurar que todas estas medidas adoptadas en favor de la clase obrera perseguí­an  más la eficacia que el filantropismo.

HISTORIA

La reforma agraria liberal, efectuada a lo largo del segundo tercio del siglo XIX, iba a cumplir una de las premisas necesarias, aunque no suficientes, para que España entrase en la etapa del desarrollo industrial, que fue la liberación de grandes contingentes de mano de obra campesina que al perder su medio de trabajo, la tierra, quedaron disponibles como fuerza de trabajo asalariada barata. Pero, como hemos dicho, no es suficiente para iniciar el despegue económico (La revolución industrial) y el crecimiento  auto sostenido a largo plazo, ya que, mientras se llevaba a cabo la reforma agraria, ésta no fue acompañada de un proceso generalizado de industrialización; hecho que va a determinar que muchos campesinos quedasen en una situación de indigencia absoluta, sin tierra y sin trabajo, o en el mejor de los casos, con un trabajo temporero. De esta situación se iban a beneficiar tanto la burguesí­a industrial vasca como la agraria del mediodí­a, al disponer de abundante y barata mano de obra.

Datos que, en definitiva, debemos tener en cuenta a la hora de analizar y valorar la historia del Paí­s Vasco, pues no se puede obviar que el factor trabajo con el factor capital son los dos componentes del proceso productivo capitalista y los elementos claves (burguesí­a y proletariado) de la modernización de la sociedad vasca. Los fundamentos de esta modernización supusieron en términos humanos y de calidad de la vida, una época difí­cil para la clase obrera si nos atenemos a toda una serie de indicadores que nos están reflejando las condiciones reales en la que vivió y trabajó el primer proletariado vizcaí­no (larga jornada de trabajo, crecimiento de la tasa de mortalidad y de la mortalidad infantil, desarrollo de una serie de enfermedades tí­picas de las aglomeraciones urbano-industriales de las primeras etapas de la industrialización que siegan la vida de sus habitantes a un ritmo superior al del campo, y bajo nivel de vida).

EVOLUCION DEMOGRAFICA DE VIZCAYA Y LA RIA

Con la incipiente industrialización del Paí­s Vasco (1842-1866), que se centró en las provincias de Vizcaya y Guipúzcoa, dio comienzo la nueva era demográfica de signo moderno, que se diferencia de la del Antiguo Régimen, tanto por el ritmo de crecimiento y de ubicación de la población (en aglomeraciones urbano-industriales), como por los cambios que experimentaban las tasan demográficas (de mortalidad, natalidad y nupcialidad). La personas que Vivian en aglomeraciones urbanoindustriales, y cuya actividad económica fundamental era no agrí­cola, trabajando en los nuevos sectores económicos que surgieron con el capitalismo industrial, eran cada vez más numerosas, mientras disminuí­an los porcentajes vinculados a actividades económicas preindustriales.

Dentro de las provincias marí­timas, la revolución industrial se localizó en la Rí­a de Bilbao; zona que absorbió el 84,5% del crecimiento demográfico de Vizcaya entre 1.857-1.900, es decir, 127,521 habitantes de los 150.782 que tuvo de aumento la provincia, correspondiendo la mayor parte de este crecimiento a la inmigración (73%).

En cambio, en Guipúzcoa, el crecimiento fue mucho más moderado, acelerándose a partir 1.900. En este año, Vivian 98.804 personas en esta provincia en municipios de más de 4.000 habitantes frente a 181.725 en Vizcaya. Los 12 municipios de la Rí­a sumaban una población de 167.680 personas en 1.900, el 54% de los habitantes de la provincia.

Estas diferencias también se plasmaron  en la propia composición de la clase obrera de ambas provincias tanto en cuanto al nivel organizativo, que era mayor en Vizcaya que en Guipúzcoa, como lo demuestras las cifras de afiliación al PSOE y UGT, y su capacidad de convocatoria (huelgas, manifestaciones, elecciones), como en el nivel de lucha social y en lo ideologico-politico (con un predominio aplastante del socialismo en Vizcaya sobre cualquier otra corriente ideológica del movimiento obrero, lo que convierte a la rí­a en uno de los focos claves del socialismo español con Madrid y Asturias).

LA REVOLUCION URBANA

El crecimiento demográfico y la intensa industrialización de la zona minera e industrial de la Rí­a modificaron profundamente el paisaje. Se pasó de un paisaje predominantemente agrí­cola, de barrios y caserí­os, con la excepción de Bilbao, a la aglomeración urbana, al chabolismo y a la industrialización del paisaje, en el que se entremezcla de una forma desordenada la industria y la vivienda a lo largo de la Rí­a; paisaje que sigue manteniendo en la actualidad.

Para 1.900, doce municipios se podí­an considerar núcleos urbanos. Bilbao, con 83.306 habitantes, era una de las capitales españolas de mayor censo. Sestao y Barakaldo, los dos centros neurálgicos de la industria siderometalúrgicos, habí­an multiplicado varias veces su población, alcanzando la respetable cifra de 10.833 y 15,013 habitantes respectivamente. Las ocho restantes oscilaban entre 5.000 y 9.000 habitantes. Este intenso crecimiento demográfico se basó: primero, en la mayor fecundidad de los matrimonios proletarios respecto a los campesinos, consecuencia lógica que se derivó de la menor edad de los contrayentes obreros, sobre todo de las mujeres que se tradujo en un incremento de la tasa media de fecundidad; segundo, en el crecimiento vegetativo; y por último, el grueso fuerte del aumento poblacional se debió a las sucesivas oleadas de gente del campo que emigró a los centros mineros e industriales de la Rí­a.

CAMBIOS EN LA ESTRUCTURA POR EDAD DE LA POBLACION

En sí­ntesis, la intensa industrialización del último cuarto de siglo, que aumentó considerablemente los puestos de trabajo y, por consiguiente, la demanda de mano de obra, y la explotación de la cuenca minera absorbieron importantes contingentes de inmigrantes procedentes del campo. Aproximadamente un 73% del crecimiento poblacional de la zona minera y la rí­a (93.100 habitantes) entre 1.857-1.900, es producto de la inmigración; hecho que por lo demás acarreó profundos cambios en la distribución por edades de la población y una revolución en las tasas demográficas. Existí­an diferencias notables entre Bilbao, donde habitaba la burguesí­a y las clases medias, que daban ocupación a un importante número de mujeres como criadas, y los pueblos mineros e industriales, cuya población la formaban en buena parte inmigrantes varones que llegaban solos y sin familia.

Las cifras son elocuentes, mientas la población vizcaí­na conocí­a un cierto rejuvenecimiento, España disminuí­a los efectivos de gente joven entre 16-40 años pasando la gente censada en esas edad de un 416,6% por 1.000 habitantes en 1.857 a un 378,7 por 1.000 en 1.900.

La crisis agrí­cola, que vivió España en el último cuarto del siglo XIX y sobre todo, la estructural, que afectaba tanto al modesto campesino del interior como al jornalero agrí­cola del  Mediodí­a, obligaron a emigrar a importantes contingentes de la población. Entre 1.882-1.906, ésta superó el 4% de la población, y entre 1.904-1.913, los emigrantes a ultramar se cifraban en un 8%.

Corriente emigratoria que ha durado hasta nuestros dí­as y que, en cierto grado, ha contribuido a paliar las consecuencias sociales que se derivaban de la pervivencia de las viejas estructuras agrarias que se habí­an configurado durante la reforma agraria liberal.

Emigración que, por lo demás, estuvo vinculada a la coyuntura internacional, siendo intensa en las fases expansivas de la economí­a mundial (1.896-1.919 y 1.950-1.973), o moderado o de signo negativo en los momentos de crisis y recesión económica (1.929-1.980), y cuya aportación a la economí­a española ha sido decisiva a través de las remesas de divisas que enviaban a España, y que han contribuido a compensar el déficit comercial exterior. Pero, en los periodos de recesión de la economí­a mundial, el saldo negativo de la emigración provoca fuertes tensiones en la sociedad española (crecimiento del paro) y desajustes en la balanza de pagos, que afectan a las importaciones y, por lo tanto, al comercio exterior, que son vitales (tecnologí­a, bienes de equipo, abonos, materias primas, alimentos para personas y ganaderí­a) para el buen funcionamiento y crecimiento de la economí­a española.

CAMBIOS EN LOS COMPORTAMIENTOS DE LAS TASAS DEMOGRAFICAS

La clase obrera, en la primera etapa de la industrialización del Paí­s Vasco, no mejoro su nivel de vida, como nos lo demuestra toda una serie de indicadores sociales (la mortalidad, el paro estructural, el nivel de vida, las condiciones de hábitat y de higiene, el consumo de pescado -bacalao- como alimento popular).

LA REVOLUCION EN LAS TASAS

El í­ndice de mortalidad y la mortalidad absoluta de Baracaldo y Bilbao, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, experimentaron una serie de cambios cuantitativos y cualitativos que se derivaban, por un lado, de la revolución industrial y, por otro, de las deficientes condiciones de higiene, nacidas al amparo de aquella y motivadas por el hacinamiento humano.

1.840-1857, Perí­odo en el que los í­ndices de mortalidad y natalidad de Barakaldo, siguen ligados a una economí­a preindustrial de base agrí­cola y familiar.

1.858-1.900.Etapa en la que se produce la industrialización y que, desde un principio, va acompañada de un incremento de los í­ndices de mortalidad y, posteriormente, de los de natalidad en la zona minera e industrial de la Rí­a en contraposición con los bajos í­ndices que registraba la Vizcaya agrí­cola y marinera.

Las deficientes condiciones de vida, de higiene y de alimentación, el desarrollo de enfermedades tí­picas de las primeras etapas de la industrialización, las excesivas horas de trabajo (12 horas diarias) y la caí­da del salario real son las causas que explican que los í­ndices de mortalidad sean más elevados en los incipientes núcleos industriales de la zona minera y la Rí­a que en el campo. En 20 años, de 1.870 a 1.890, se habí­a pasado de una población dependiente de una estructura económica preindustrial, basada en una semiautarquí­a agrí­cola familiar, de pequeños y medianos propietarios y arrendatarios, ayudados por otras labores, como la minerí­a, carbonera, etc., al predominio del asalariado industrial y a una nueva estructura productiva, la capitalista de corte industrial.

Las nuevas estructuras económicas y sociales traen consigo cambios en el comportamiento demográfico, que se les puede considerar como una revolución en las tasas. La mortalidad y natalidad aumentan rápidamente. Mientras la primera tiene un carácter negativo como consecuencia de las deficientes condiciones de higiene, el hacinamiento humano en habitaciones reducidas, del desarrollo de ciertas enfermedades caracterí­sticas de los nuevos núcleos industriales y de la creciente y elevada sobremortalidad infantil; la segunda, positiva, contribuye al crecimiento vegetativo de la población, y es el resultado de una elevada natalidad consecuencia de una nupcialidad máxima.

En el perí­odo de 1.855-1.876, se amplí­an las fabricas siderúrgicas, se construyen los primeros ferrocarriles mineros, el de Triano de la Diputación que se inaugura en 1.865, y se intensifica la explotación minera, iniciándose el preludio de lo que iba a ser la minerí­a en los años posteriores. La rápida creación de puestos de trabajo refuerza la demanda de mano de obra en la zona, cuyos efectos se reflejan en un fuerte crecimiento que se basa principalmente en la inmigración, sobre todo de varones que, en estos primeros años de la industrialización de la zona minera y de la Rí­a, desequilibran la distribución de la población por edades. Así­, Barakaldo que, en el censo de 1.857, tení­a más mujeres que hombres en edades capaces de procrear, nos encontramos que, en 1.877, la situación se habí­a invertido como consecuencia de la inmigración de varones. Los efectos de este desequilibrio varones/hembras se plasmaron en el retroceso momentáneo que experimentaron los í­ndices de natalidad y nupcialidad como consecuencia del aumento de la población varonil.

La expansión industrial y minera de 1.877-1.900 fue un estí­mulo al éxodo rural, sobre todo de gente joven, de edades comprendidas entre los 16 y 40 años, hacia los nuevos núcleos industriales “atraí­dos por crecidos jornales”. Los í­ndices de natalidad crecieron de tal modo que pronto se situaron muy por encima del í­ndice español y provincial; hecho que fue un producto: en primer lugar, del aumento de los porcentajes de gente entre 16 y 40 años y, en segundo de la disminución de la edad de la mujer a la hora de casarse, aumentando la tasa de fecundidad.

En los pueblos propiamente industriales como Barakaldo, en el quinquenio de 1.891-95, termina y comienza una nueva etapa demográfica; etapa que se inicia con un fuerte crecimiento vegetativo. Los í­ndices de mortalidad se mantendrán elevados, pero los de natalidad inician un espectacular despegue, lo que se tradujo inmediatamente en un importante aumento de las tasas de crecimiento natural de la población. En cambio, Bilbao, con un sector terciario relativamente  elevado, y Vizcaya presentaban unas tasas de crecimiento natural inferior.

Sin embargo, los í­ndices de mortalidad, siguieron siendo elevados. En sí­ntesis, este panorama fue una de las consecuencias de la rápida industrialización, de la consolidación de instituciones no democráticas, de las deficientes condiciones higiénicas en que viví­a el proletariado y de la caí­da del salario real.

LA MORTALIDAD INFANTIL

Otro dato que apoya la tesis pesimista es la evolución creciente de los í­ndices de la mortalidad infantil. El crecimiento económico y demográfico de la segunda mitad del ochocientos modificó la estructura funcional de la población. Los obreros se hacinaron en esta zona, viviendo un largo perí­odo en barracones y chabolas, que han pervivido hasta la actualidad. Las enfermedades propias de los orí­genes de la revolución industrial, el alcoholismo, la caí­da del salario real en los primeros años de la industrialización, la larga jornada de trabajo y el trabajo de niños y mujeres fueron, a la vez, causas y efectos del aumento y del sostenimiento de la elevada mortalidad infantil.

En Baracaldo, en los años anteriores a la industrialización, lo mismo que en Vizcaya, los í­ndices de la mortalidad infantil estuvieron muy por debajo de los del nuevo periodo industrial. Partiendo de estas cifras podemos pensar que las condiciones sociales, económicas e higiénicas del campesino vasco eran más satisfactorias que las del proletariado que viví­a en la zona minera  e industrial de la Rí­a en la segunda mitad del siglo XIX. El campo, en Vizcaya, tení­a una mortalidad infantil inferior a la de las poblaciones urbanas de esta zona. Bilbao que, en los primeros años, fue poco afectada por los efectos sociales de la industrialización, tuvo una mortalidad infantil baja en comparación con Barakaldo, y semejante a Vizcaya. Sin embargo, la extensión de la industrialización, el rápido crecimiento de la población urbana-industrial y el mayor peso que fue teniendo el proletariado en el conjunto de la población, fueron factores que hicieron crecer los í­ndices medios de mortalidad infantil tanto en Bilbao como en Vizcaya.

Además de las causas, ya citadas, que concurrieron al mantenimiento de esta elevada mortalidad infantil, hemos de añadir que el aumento de las defunciones de niños menores de un año se vio favorecida por lo “brusco de la transición en los niños de la vida en el campo a la vida de la población, teniendo en cuenta las malas condiciones de su habitación, la transición de la alimentación láctea a una alimentación inconsciente y mala después del destete, y la bebida del agua del rio que es la única de que se surten los barrios obreros”.

El prematuro destete, el alcoholismo, la débil constitución de los padres y el trabajo de las mujeres en condiciones duras “contribuyen a que nazcan los niños raquí­ticos, débiles y enfermizos”.

LOS MOVIMIENTOS MIGRATORIOS

En sí­ntesis, el desarrollo industrial del último cuarto del siglo XIX vino a solucionar el problema que planteaba el continuo crecimiento demográfico del Paí­s Vasco. En efecto, la zona minera e industrial de la Rí­a, que tení­a 40.159 habitantes en 1.857, pasó a 167.680 en 1.900 con un aumento de 127.521 habitantes de los 150.782 que tuvo la provincia. Estas cifras nos demuestran que no sólo parte del crecimiento natural de la Vizcaya agrí­cola emigro a la zona industrial y minera, sino que se produjo simultáneamente una corriente emigratoria de las provincias periféricas, de la Submeseta Norte, Navarra y Reino de Aragón a la zona, como veremos más adelante.

En definitiva, el desarrollo económico de la zona minera e industrial de la Rí­a vino a solucionar el desequilibrio entre el crecimiento de la población y de la producción agraria al absorber una parte importante del excedente de la población campesina. Como lo señala el cuadro XII-10, los cónyuges procedentes de Vizcaya y de las provincias limí­trofes fueron aumentando según nos acercamos a finales de siglo, mientras disminuyeron  los cónyuges de Barakaldo.

Las causas socio-económicas, que habí­an posibilitado el desarrollo del carlismo, estaban desapareciendo rápidamente desde 1876 como resultado del desarrollo industrial que estaba absorbiendo el excedente de población agrí­cola, a la par que aparecí­an nuevos postulados polí­ticos e ideológicos ligados a la crisis que vivió la sociedad tradicional y al desarrollo de las fuerzas productivas, de la nueva sociedad capitalista.

Las sucesivas etapas de crecimiento económico provocaron una serie de oleadas migratorias: La primera oleada, que abarcó los años 1857 a 1875, procedí­a básicamente de Vizcaya y de las provincias periféricas (Guipúzcoa, ílava, Burgos y Santander); en la segunda oleada, de 1.876 a 1886, aumentaron los porcentajes de las provincias periféricas, a la par que parecí­an nuevos continentes de gente procedente de la Submeseta Norte, Asturias, Navarra, Aragón y Madrid; y la tercera que se inicio en 1.886, fue simultaneada al despegue de la producción minera y siderúrgica de las dos últimas décadas del ochocientos. En Baracaldo, más del 30% de los cónyuges, eran naturales de las provincias periféricas. El resto de las provincias de Castilla La Vieja, del Reino de León y Madrid continuaron aumentando su porcentaje de participación.

Un minucioso estudio del padrón de 1.895 del Ayuntamiento de Baracaldo nos ha permitido localizar el lugar de procedencia de su población, y a través de ella, establecer la densidad de la inmigración española en la zona, existieron 3 claros semicí­rculos de provincia cuya emigración a la zona va perdiendo densidad según nos alejamos de la provincias periféricas a Vizcaya y nos adentramos en el interior de España.

El primer semicí­rculo, el que presenta una mayor densidad de inmigrantes, comprendí­a las provincias periféricas a Vizcaya (Guipúzcoa, ílava, Burgos, Santander y Logroño).

A continuación se perfila un 2º semicí­rculo, que envuelve al 1º de menor densidad; y que lo integraban las provincias de Lugo, León, Palencia, Zaragoza y Navarra; y por lo último, el más exterior, lo formaban las provincias de Asturias, Orense, Zamora, Salamanca y Huesca, que lógicamente era el que presentaba una densidad menor del inmigrantes. En estos años, la inmigración de la España meridional fue casi nula.

En sí­ntesis, el paro estructural que generó la agricultura española como consecuencia de la reforma agraria liberal, y la crisis agrí­cola del último cuarto de siglo en el interior, permitió a la industria vasca y catalana disponer de abundante y barata mano de obra, cuyo precio resultó ser de los más bajos de Europa.

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