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La cuestión de la vivienda obrera: los alquileres

La cuestión de la vivienda obrera: los alquileres

El intenso crecimiento demográfico que se registro en la Rí­a, lo que es actualmente el Gran Bilbao, en el último tercio del siglo XIX, vino acompañado de graves problemas de habitación y de salud pública, lo que se tradujo en última instancia en una sobretasa de mortalidad en los pueblos y suburbios obreros, muy superior a la de los pueblos agrí­colas y mineros vizcaí­nos, a la de Bilbao y su casco urbano, y a la media vizcaí­na.

La falta de vivienda y los elevados alquileres, fue otra de las consecuencias del desarrollo industrial y demográfico de la zona, y que iba a repercutir sobre la población obrera y la higiene.

Los testimonios que describen la insalubridad de las viviendas y el hacinamiento de sus moradores, el azote de todo tipo de enfermedades, la explotación del obrero, el excesivo número de horas de trabajo, la deficiente alimentación se agolpan desde los primeros años de la industrialización. Se denuncia las deplorables condiciones de vida de los trabajadores, algunas clases de obreros de las fábricas y de los Altos Hornos, que la í­ndole permanente de su trabajo, tienen que trabajar necesariamente de dí­a y de noche, lo mismo los dí­as laborales que los festivos, tienen establecidos sus turnos para dormir en una misma cama, y cuando se levante el uno se acuesta el que le sustituye, pasándose largas temporadas sin que se laven sus ropas y sin que las habitaciones tengan otra ventilación que la que se produce por las rendijas de sus puertas y ventanas. Esta clase de obreros es la que presenta mayor número de enfermedades contagiosas, principalmente de las tifoideas, originadas por los venenos morbosos que satura la confinada atmosfera de sus sucias y oscuras habitaciones.

El albergue obrero adolece de estrechez, no es confortable, no tiene condiciones de convivencia, es una habitación dividida en dormitorios.

Algunas de las denuncias fueron hechas con la único y pragmática finalidad de convencer a la clase empresarial de que un obrero sano proporcionaba más rendimiento que un obrero enfermo.

La explotación intensiva de las minas, la puesta en marcha de las fábricas y talleres siderúrgicos, la instalación de ferrocarriles…. requerí­a mano de obra abundante. Los jornaleros del campo, ante un salario fijo no lo dudaron, hicieron un petate y se presentaron en las urbes-industriales en busca de un empleo remunerado. La propagación del cólera de marzo de 1.885 evidenció la miseria, el hacinamiento, y la escasa, cuando no nula, salubridad  de muchos de los barrios más densamente poblados del municipio.

La epidemia supuso una primera toma de conciencia por parte de las autoridades concejiles, dispuestas en arbitrar medidas que erradicasen el contagio e impidiesen el desarrollo de futuros brotes.

Debido a esto se nombre una Junta de Sanidad y un inspector por cada barriada. A pesar de que el presidente honorario de la misma era el director del ferrocarril de la compañí­a Orconera y de que la mayorí­a de sus miembros eran a su vez los propietarios de muchas de estas viviendas no se puede obviar las deplorables condiciones de habitabilidad que sufrí­a la clase trabajadora.

El número de familias que afrontaban la excesiva renta de alquiler con el recurso del pupilaje ascendí­a al 62,2%. Los casos más frecuentes eran los de matrimonios con dos hijos que alojaban a cuatro realquilados compartiendo unos y otros dos alcobas y una sola cocina. La Junta de Sanidad señala cómo muchas de las viviendas carecí­an de excusados y lavaderos. Algunas, incluso, son denominadas como cortijos, barras y cuadras. Serán estas las primeras en recibir la orden de demolición.

La situación de una barriada en 1.889 era escandalosa, sobre todo antihigiénica, la aglomeración de habitantes en las casas por la escasez y carestí­a de las viviendas. Los primeros arrendatarios alquilan por ejemplo una habitación por veinte pesetas al mes y por no poder satisfacerlos admiten dos o más posaderos o uno o dos matrimonios. A los primeros les cobras mensualmente dos duros, por cuidarles, la comida, la ropa y darles cama, con los segundos comparten de tres o cuatro piezas pequeñas en donde viven diez, doce y más seres vivientes. Como consecuencia los barrios están infectados de viruela, difteria y otras enfermedades infecciosas y contagiosas.

Habí­a habitaciones donde no se podí­a penetrar, por los olores fétidos y nauseabundos que despiden debido a la suciedad y la aglomeración de gentes que en ellas habitan

Los informes sobre la vivienda nos permiten desglosar las caracterí­sticas de estos edificios y asomarnos a las mí­seras condiciones de sus curadores.

Los médicos incidí­an en la idea de que a muchas de las viviendas se las habí­a concedido la licencia para habitar sin tener las habitaciones el cubo de aire necesario y otras en que si bien al concederles el permiso tení­an suficiente capacidad, posteriormente y sin previa solicitud el municipio, los propietarios las habí­an subdividido y reducido con tabiques, la consecuencia eran dormitorios que daban a patios cerrados, lóbregos y sucios donde el aislamiento del hogar domestico no existí­a y los vecinos del 2º piso respiraban los gases que se despedí­an del primero y los secretos de vida intima eran traí­dos y llevados a través de los suelos.

Aconsejaban la construcción de casas higiénicas y baratas donde el obrero por un bajo alquiler se le diera sin lujos una habitación sana y agradable. Si a esta situación deplorable de la vivienda , refugio del trabajador tras las largas y duras jornadas laborales, le añadimos el empleo cotidiano de las aguas contaminadas de los rí­os, no sólo para el lavado de la ropa sino también para el uso y aseo humano, el que las basuras se arrojen directamente a la calle ante el abandono de la municipalidad que se olvida de recogerla en los barrios más indigentes, y que los animales compartan habitación con sus dueños, estaremos desglosando las condiciones mí­seras de la vida obrera a finales de la centuria pasada.

En las fabricas y talleres de la zona fabril, la salubridad era menor que en las minas. La gran mayorí­a de pequeños talleres se hallaban situados en plantas bajas, con mucha humedad, sin ventilación, espacio, ni luz suficientes. Los servicios higiénicos eran o muy deficientes o inexistentes. En los Altos Hornos, cuyas sangrí­as producí­an atmosfera y falta de oxigeno, por la emanación de gases tóxicos, humos densos y altas temperaturas. Las condiciones eran insoportables. Los accidentes laborables eran frecuentes sobre todo en talleres metalúrgicos y carpinterí­as, más que por imprudencia, por la práctica inexistencia de dispositivos de protección, incumpliéndose de forma sistemática las disposiciones legales para su prevención.

En el año 1.886 se dictó el Reglamento de Policí­a e Higiene, en el cual se hací­a referencia a las habitaciones. Se insistí­a en los edificios no podrí­an tener más de dos pisos sobre el bajo, no permitiéndose en los dormitorios más de un individuo por cada 20 metros cúbicos de aire. Bajo ningún concepto se permití­a que estos fuesen ocupados de dí­a y de noche, salvo por enfermedad y en caso de que pudiesen contener más de ocho personas, deberí­an disponer de una ventilación constante por medio de una chimenea de tiro, siempre abierta. Las personas de sexo distinto, no podí­an ocupar el mismo cuarto, excepto los matrimonios y los padres con hijos menores de diez años, ni más de un matrimonio, debiendo establecerse siempre entre los cuartos de dormir, tabiques sólidos y a una altura conveniente. No se consideraban habitables cuevas, chozas y casas de tierra. Las de madera tendrí­an doble tabique.

Las cuadras para ganado de cerdo, caballar y vacuno tení­an que ubicarse en edificios independientes de las viviendas humanas, prohibiéndose su circulación por las calles y caminos públicos. Se reglamentaron una serie de normas conducentes a mejorar la higiene, tales como la prohibición del uso de aguas inmundas, la construcción de lavaderos municipales, la recogida sistemática de basura, la canalización de aguas sucias e inmundicias sólidas. Este reglamento de Policí­a e Higiene debí­a regir en la zona minera o fabril de los municipios de Barakaldo, Sestao, Portugalete, Santurtzi, Muskiz, Galdames, Tragaran y Abano y Ciervana.

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