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La casa del maleficio (Leyenda)

La casa del maleficio (Leyenda)

vega-de-ansio-1950gifBarakaldo no podí­a ser una excepción y fue así­ como cierto dí­a, los sucesos de «El Duende de Zaragoza» se quedaron chicos ante los ocurridos en el barrio de Zuazo.

Corrí­an los primeros meses del año 1924, cuando el entonces escaso vecindario del barrio barakaldés de Zuazo, donde los caserí­os podí­an contarse con los dedos de las dos manos, se vieron sorprendidos por unos «sucedidos» ignorados que causaron muchí­simo daño en sus mo­radores. No fue pequeña la faena y su trascendencia copó las páginas de los diarios españoles.

El vetusto caserón o Casa Torre de Zuazo, fue mudo testigo de los hechos ocurridos, argo insólito en aquellos tiempos, ya lejanos, en que los aldeanos seguí­an creyendo en brujas.

Junto a la citada Torre, hubo una casona arruinada por el paso de los tiempos, cuyas paredes estaban ribeteadas por trepadoras hiedras, entre las cuales -decí­an- se ocultaban los espí­ritus de sus antiguos moradores, una familia de la que nadie sabí­a dar razón de quiénes o cómo eran. Los más osados aseguraban la existencia de un crimen pasional, cuyas huellas fueron borradas por un premeditado y voraz in­cendio.

Peru el de Zuloko, calaba sus dedos bajos su descolorida boina, para rascarse así­ su abundante y gris cabellera a la vez que comentaba los sucesos con otro aldeano del cercano barrio de San Bartolomé.

Yo creo que todos estos ruidos nocturnos, no son más que los que se producen por el arrastre de cadenas y bien pudiera ser de almas en pena que vienen a redimirse a su antiguo caserí­o, para poder salir del purgatorio.

Es raro, -comentaba Juantxu el de San Bartolomé- la verdad es que el ruido se acentúa en los dí­as de viento y esos dí­as no suelen ser los más deseados por las brujas. Luego, bien pudieran ser penitentes, como tú dices.

Algo muy raro está pasando. Fí­jate tú bien en lo que te digo: El otro dí­a, -continúo Peru- a mi burrilla le dio por pasarse toda la noche rebuznando como si le estuviera picando alguna mosca cojonera. No tuve más remedio que bajar a la cuadra para ver lo que sucedí­a y, cual no serí­a mi estupor al ver algo muy negro que se deslizaba entre la paja y salí­a volando por el resquicio de la puerta.

Razón no te falta, -comentaba Juliantxu- mis nietos andan como locos y se pasan todo el dí­a agarrados a las faldas de su abuela, y los pobres comentan que tienen miedo y se niegan a subir a la escuela de San Vicente.

El diálogo entre los mocetes del lugar era muy similar a los mayores, pero con el agravante de que sus sospechas eran para los «Sacamante­cas»; unos hombres fuertes vestidos de negro, que te engañaban y te metí­an en un saco y, después te sacaban las mantecas del cuerpo con el fin de hacer pócimas de brujerí­as.

El avispado Txomin -un pastorcillo de Ugarte- decí­a que eran «tí­sicos» que te cogí­an para sacarte la sangre para curarse ellos y que después tiraban los cuerpos en el monte Argalario y allí­, los cuervos te sacaban los ojos, mientras que los buitres comí­an el resto dcl cuerpo.

Todos éstos y otros peores comentarios dañaron las frágiles mentes de los chiquillos que sólo veí­an brujas y ogros por todos los lugares, con lo que Zuazo no resultaba ser lugar agradable para la prole infantil, que antes de anochecer se recogí­a junto a la penumbra de los candiles de carburo.

Todo este tema tuvo gran trascendencia entre los sencillos pero ignorantes aldeanos, entre los que destacaba «Martintxu», al que consi­deraban el más ilustrado entre todos los aldeanos del barrio barakaldés. Fue precisamente éste quien decí­a muy enfadado:

– Tenemos que acabar con esos ruidos que atruenan la Casa del Maleficio durante las tinieblas de la noche. Debemos ir todos y acercar­nos y ver de donde proceden los ruidos y, por si acaso, no olvidemos llevar una buena estaca y quienes tengan alguna arma, mejor que mejor.

– Yo creo -se atrevió a insinuar Ramontxu- que todo esto lo debiera arreglar el señor Cura, pues el Clero es el que mejor está puesto en esas cosas de espí­ritus y demonios.

– Dices bien Montxu -aseveró Paulino-. Don Serapio tiene que poner ordenen estas alocadas creencias, ya quede lo contrario termina­remos todos locos. Por eso, creo yo que debemos ir cuanto antes a San Vicente.

El pequeño grupo de aldeanos, ni corto ni perezoso, tomó el camino de la «Cuesta Eguskiaguirre» hasta llegar a la plazuela, donde el Párro­co don Serapio se encontraba paseando, mientras leí­a su pequeño misal de oraciones.

Apenas sí­ cruzaron el saludo, cuando «Martintxu» soltó su parlan­china lengua para decir: Señor Cura, venimos a que Vd. nos de algo más que bendiciones, queremos soluciones.

– ¡Queridos hijos! Ya sé que tenéis unos ruidos muy raros en vuestro barrio, pero eso no es otra cosa que el producto de vuestra poca fe. No existen fantasmas, ni duendes y vuestra ignorancia os delata. Dios Nuestro Señor os condenará a ir al Infierno.

– Pero señor cura, -preguntó Pepe Ugarte- ¿No querrá Vd. decirnos que esos ruidos que se escuchan, de cadenas arrastradas y de ruidosos cencerros no son de verdad?

Pues claro que no, txotxolo, eso sólo son tonterí­as que demuestran vuestra falta de fe, -les recriminé, el flaco y menudo curilla- a la vez que palmoteaba cariñosamente la espalda de José Ugarte. Sólo los demonios pueden haceros creer esas tonterí­as que tenéis en vuestras «cabezas de txorlito».

– ¡Señor Cura!, -preguntó Martintxu- y ese fantasma que aparece en el camino de la Vega de Ansio, en las noches cálidas de luna llena, ¿también es una tonterí­a? Porque los de Retuerto le han visto con una sábana por encima de la cabeza siguiendo a las mozas y les hace cosas feas. Ya nos dirá Vd. señor Cura, qué es lo que tenemos que hacer, si creer lo que nosotros vernos o lo que Vd. nos dice.

– No os preocupáis mis queridos feligreses, pronto, muy pronto tendremos a los culpables en la «perrera de Sanvi» y Chamorro dará buena cuenta de esos «sonsones» que asustan a los baseritarras, ¡Pala­bra de honor!

– ¡Amén! -dijo Martintxu-

Pasó algún tiempo hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto y tras unas oportunas pesquisas lograron encontrar el móvil de los ruidos de la «Casa del Maleficio», que no fueron otra cosa que un amasijo de tapas de pucheros y cazuelas viejas, escondidos entre la frondosa y tupida hiedra que cubrí­a los ruinosos muros de lo que en otro tiempo fue un caserí­o, al que el fuego redujo a ruinas. Sólo aquellos viejos enseres fueron los que soltaron los tétricos susurros, que unidos al miedo, calaron en el sencillo convivir de los infelices alde­anos.

Lo que nunca supieron los aldeanos de Zuazo fue si tuvieron éxito las oraciones del «Curita» o la sagacidad de las autoridades del Munici­pio, pero lo que sí­ fue cierto es que pocos dí­as después, no sólo dieron al traste con los fantasmas de Zuazo, si no que también consiguieron atrapar al fantasma «sabanero» de la Vega de Ansio, que resulté ser un pobre infeliz del barrio de Cáriga, que después de pasar por las dependencias carcelarias del antiguo Ayuntamiento de San Vicente fue trasladado a una casa de salud.

Esta narración, mitad historia, mitad leyenda, sucedió en Barakaldo. Espero que ésta sea del agrado de todos, muy especialmente de los niños, esos encantadores “pequeñajos” a los que solemos atemorizar para que nos dejen tranquilos.

Escrito por Carlos  Ibáñez

1 comentario

  1. Ana Mari Pérez Marín

    Soy nacida en Ugarte, y mi padre me contaba que un compañero de trabajo que viví­a en “la casa de la hiedra”, le dijo que cuando estaba acostado escuchaba caminar por el pasillo a personas, que llegaban a su habitación. Eran personajes vestidos con trajes antiguos y que llevaban “gola” al cuello…. es más largo, pero no quiero abusar. Actualmente Ugarte está destrozado: las casas derribadas, los árboles frutales arrancados… y lleno de naves industriales, que han resultado un fracaso. En fin, suelo ir de vez en cuando y me entristece bastante. Muchas gracias.

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